Marcel Proust, Por el lado de Swann

La obra de Marcel Proust emerge de un magma de escritura dispersa en multitud de cuadernos, anotaciones y hojas sueltas, practicada a lo largo de toda una vida, desde los primeros años de la adolescencia, cuando el niño nervioso y asmático, al que el polen del Bois de Boulogne le había hecho sufrir una crisis que lo había puesto al borde de la muerte, ya soñaba con ser escritor, y no un escritor cualquiera, por supuesto, sino un escritor que debería superar a todo un ‘Bergotte’.

Marcel Proust escribía de un modo desordenado; componía fragmentos más o menos largos en los que trabajaba de manera intermitente, en función del ritmo de los acontecimientos de su experiencia, tanto internos como externos. Trozos de escritura, fragmentos hechos y rehechos mil y una veces, múltiples versiones de un mismo episodio, replanteamientos de una situación. Distintas perspectivas y distintos niveles de experiencia yuxtapuestos y confundidos, oponiéndose, interpelándose y complementándose. El trabajo de revisión y corrección, la modificación de lo escrito, la intención de profundizar la relación y sugerir la correspondencia entre los diversos elementos de la obra no cesa hasta el último momento, ya que el autor llega a hacer cambios sustanciales hasta en las pruebas de imprenta. En el texto final no hay una escritura uniforme, sino distintas capas de escritura correspondientes a épocas distintas; fragmentos y episodios concebidos y escritos en un amplio espacio temporal, que se han ensamblado tras un largo y complicado recorrido.

Por el lado de Swann es la primera entrega de la obra que en un momento dado se le revela a Proust entre toda esa acumulación de escritura fragmentaria. A finales del siglo XIX y principios del XX había estado trabajando, de un modo inconstante, pero obsesivo, en dos libros que iban a llamarse Jean Santeuil y Contre Sainte-Beuve, y que finalmente fueron postergados, aunque buena parte de su contenido fue utilizado en esta nueva obra. En principio pensaba en un libro de unas ochocientas o novecientas páginas, que podría dividirse en dos volúmenes. En 1912 comprende que la obra va a tener unas dimensiones muy superiores a las previstas. Buscando un título general se le ocurren posibilidades como: ‘Las estalactitas del pasado’, ‘El visitante del Pasado’, ‘Los reflejos del tiempo’, entre otros muchos en la misma línea, que afortunadamente fueron descartados. En 1912 el título del primer volumen iba a ser Le Temps perdu, y el del segundo Le Temps retrouvé, mientras que el título general que los englobaría iba a ser Les Intermittences du cœur. Rechazado por varios editores, Gallimard incluido, el primer volumen es publicado por Grasset, corriendo los gastos por cuenta del autor, noviembre de 1913, con el título de Por el lado de Swann (Du côté de chez Swann). En el último momento, como título general de la obra, entonces prevista para tres volúmenes, À la recherche du temps perdu sustituye a Les Intermittences du cœur.