La enfermedad de vivir

"Imposible el amor cuando el porvenir ha caído al suelo / y la enfermedad de vivir arrecia como una lluvia helada y triste", dicen los versos de 'Cansancio'. José Antonio Ramos Sucre era de los que encuentran en la literatura el lugar más apropiado para proyectar su desesperación. Su escritura no es poesía ni narración, o es ambas cosas a la vez. Sus libros repiten el mismo esquema expresivo, son una serie de fragmentos narrativos en los que el relato aparece en su aspecto más depurado, como un texto muy corto en el que se mezclan la narración y la poesía, la literatura y la historia, la autobiografía y la ficción.

'Microrrelatos', podría llamarlos ahora cualquier crítico. Esquirlas visuales que saltan a la escritura directamente desde una pesadilla. Y esta pesadilla no es distinta de la vida. El carácter metódico del suplicio, de la sangre, la humillación, la desesperación y la violencia, no puede reducirse al plano meramente literario, tiene que corresponder a una experiencia literalmente enfermiza. El propio autor se encarga de corroborarlo en un momento dado, cuando dice: “Cualquier invención de mi enfermizo numen desluciría las páginas de este álbum” (‘A una desposada’). La obra de Ramos Sucre está llena de eso mismo, invenciones de un enfermizo numen. Pero lo “enfermizo” no está vinculado a la degeneración y la pobreza, sino al refinamiento expresivo, la plasticidad visual y la potencia de la imagen. Una capacidad imaginativa, por otra parte, mucho mayor que la potencia del lenguaje.

Desde la torre de Timón escribe Ramos Sucre su ‘Elogio de la soledad’, en el que esta aparece como el “único refugio acaso de los que parecen de otra época, desconcertados con el progreso”. Su escritura también es irremisiblemente de otra época. Las resonancias modernistas, el carácter refinado y el tono ampuloso del estilo de Ramos Sucre se hacen palpables en ella, pero la presencia más notable la proporciona la fuerte presencia del componente imaginativo. Un foco semiespectral barre las construcciones narrativas, iluminando una asombrosa variedad de escenas. La concepción del fragmento parece responder a un entrecruzamiento de ráfagas visuales, que da lugar a una gran multiplicidad de situaciones. Da la impresión de que este hombre tenía una factoría de imágenes en la cabeza. Y ocurre que uno de los más constantes ingredientes en ellas es la crueldad.

“Yo adolezco de una degeneración ilustre; amo el dolor, la belleza y la crueldad, sobre todo esta última, que sirve para destruir un mundo abandonado al mal”. Así comienza el fragmento titulado ‘La vida del maldito’, con palabras muy significativas, que parecen expresar toda una concepción de la vida. Al menos de una vida literaria. La crueldad como forma de reaccionar frente al mal, quizá como una modalidad de justicia poética. El amor a la crueldad palpita en la obra, en el espacio mental de Ramos Sucre. ¿De qué se trata?, ¿de la transposición literaria de un tormento interior?, ¿de una venganza, una revancha frente al destino?, ¿del resultado de una amarga experiencia de injusticia y de desigualdad sustancial respecto al conjunto del género humano?

Ramos Sucre, empapado de lecturas, conocedor de muchos idiomas, habla con voces distintas en su escritura, voces que se entrecruzan y en algunos momentos se estorban, voces románticas, épicas, cabalísticas, mitológicas, teosóficas, religiosas, afectadamente modernistas, de una tortuosidad gótica que hace pensar en Poe, de un malditismo que recuerda a Lautréamont, de un remilgado arcaísmo o de una crudeza que pone los pelos de punta.

Esta escritura singular solo puede corresponder a una persona singular. En una anotación de su diario, Kafka alude al “tremendo mundo que tengo en la cabeza”. Ramos Sucre muy bien podría haber dicho lo mismo. Tiene una imaginación prodigiosa y enfermiza. De la misma época de Kafka, también compartía con él el tormento del insomnio. Los testimonios de las personas que lo conocieron coinciden en que era un joven estudioso y solitario. Hablan de sus vagabundeos nocturnos por las calles de Caracas, a causa de su imposibilidad de conciliar el sueño; de su afición compulsiva a los libros; de su soltería y su soledad. Sin embargo, no era un ser arisco y retraído. Profesor de griego y latín, doctor en Ciencias Políticas, se relacionaba con los escritores más destacados de su país, asistía a tertulias, y en cierto momento fue designado para un cargo diplomático en Europa. Esto fue en 1929, cuando fue nombrado cónsul en Ginebra. Antes de tomar posesión de su cargo se sometió a un tratamiento en Alemania. Tenía la esperanza de que su insomnio estuviera causado por una enfermedad parasitaria, llamada amebiasis, que podía ser curada. Así que en enero de 1930 llegó a un sanatorio de Hamburgo especializado en enfermedades tropicales. Sin embargo, no se trataba de la amebiasis. La agitación nocturna era la prolongación de la agitación diurna, y esta no estaba causada por ninguna enfermedad tropical. Este tipo de problemas suelen obedecer a causas estructurales. Dispositivos bioquímicos ideados por la naturaleza, especializados en la destrucción del sistema nervioso, de acuerdo con una expresión del propio Ramos Sucre en carta a su hermano: “un sistema nervioso destruido”.

Salió del sanatorio “curado” de la presunta amebiasis, pero los trastornos nerviosos persistían. Antes de tomar posesión de su cargo ingresó en otro sanatorio en Merano. En marzo llegó por fin a Ginebra y empezó a ejercer como cónsul. Ese mismo mes, el día 18, intentó suicidarse con veronal. El día 8 de abril le escribía a una prima suya: “Solo puedo asegurarte que no volverás a verme enfermo.” Es decir: si vuelves a verme ya no estaré enfermo, y si sigo enfermo no volverás a verme. La tentativa definitiva llegó en el mes de junio.