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Areúsa

Hay en la Tragicomedia un personaje secundario que despierta el interés por los aspectos equívocos y contradictorios que contiene, y que lo hacen oscilar entre la ambigüedad y la incongruencia, condenando al lector a la incertidumbre. Una chica de quince años, llamada Areúsa, que parece dedicarse a ciertas actividades relacionadas con la prostitución.

Celestina se presenta en su casa, y aunque en principio se deduce que la chica tiene esa forma de ganarse la vida, luego la situación se hace un poco confusa. Celestina introduce a Pármeno en la casa, pero resulta que Areúsa tiene novio y no lo quiere traicionar. Al menos eso es lo que dice. “Sabes que se partió ayer aquel mi amigo con su capitán a la guerra. ¿Había de hacerle ruindad?”. Por otra parte la muchacha no se encuentra bien, tiene dolor de madre, o de matriz, y Celestina, con su gran ojo clínico, inmediatamente atribuye esta dolencia a la abstinencia sexual, que es lo que está en el origen, según le ha demostrado la experiencia, de todo dolor de madre. Ahora bien, la abstinencia de Areúsa no parece ser muy prolongada, ya que su amigo ha estado con ella hasta el día anterior.

Tragicomedia (8) - Aterrizaje

El aspecto salvaje de la obra se muestra nítidamente en el acto trece. Los criados han asesinado a Celestina y han sido ajusticiados por la vía rápida. Por su parte, Calisto emprende el segundo abordaje del huerto de Melibea. El diálogo entre los enamorados es delicado y al mismo tiempo, como es propio de la situación, digamos que de muy altos vuelos, tiernamente almibarado. Melibea se siente obligada a protestar por el grave peligro que corre su tesoro, “aquello que tomado no será en tu mano volver”, pero Calisto, con un discurso realmente hermoso, se muestra resuelto, no va a parar en su empeño ahora que tan cerca está de la consecución de su objetivo, el cual, por otra parte, tanto trabajo le está costando.

Señora, pues por conseguir esta merced toda mi vida he gastado, ¿qué sería, cuando me la diesen, desecharla? Ni tú, señora, me lo mandaras ni yo podría acabarlo conmigo”.

Tragicomedia (7) - ‘Cuya vista me cativó’

Cuando comienza la obra, Calisto y Melibea se dirigen la palabra llamándose por sus respectivos nombres, en un contexto que indica claramente que ya se conocen. Viven en la misma ciudad, que a finales del siglo XV no podía estar muy poblada, y pertenecen a familias principales. Sin embargo, al comienzo del décimo acto, Melibea se lamenta: “¡Oh lastimada de mí!, ¡oh mal proveída doncella! ¿Y no me fuera mejor conceder su petición y demanda ayer a Celestina, cuando de parte de aquel señor cuya vista me cativó me fue rogado...?”. Así, el simple y familiar “Calisto” del principio de la obra, se convierte en “aquel señor cuya vista me cativó”, en la línea más depurada del clásico flechazo.

El flechazo se combina con el hechizo. Ambos fenómenos tienen el poder de ‘cativar’. El primero corre a cargo de Calisto, mientras que del segundo se encarga Celestina. No sabemos si Rojas combina el flechazo y el hechizo de manera consciente, o simplemente, desentendiéndose del planteamiento de la obra, improvisa el flechazo e iguala así a Melibea en el loco amor de Calisto.

Tragicomedia (6) - Antijusticia poética

Hay una frase del historiador Antonio Domínguez Ortiz sobre los conversos: “La íntima creencia de muchos de aquellos hombres era algo que no estaba claro ni para ellos mismos; vacilaban entre la antigua y la nueva fe, tal vez intentaban un sincretismo entre ambas, y no pocos habían caído en un escepticismo total” (El Antiguo Régimen: los Reyes Católicos y los Austrias), que inmediatamente hace pensar en la obra de Rojas, especialmente cuando dice: y no pocos habían caído en un escepticismo total, ya que esta frase refleja muy bien la impresión que produce la Tragicomedia, una obra que parece haber sido escrita por alguien que había caído en un escepticismo total, o bien, según la famosa expresión de Américo Castro, en un “vivir amargo”. Esto se percibe claramente en la obra. Es algo que emana de ella, que le rezuma por los poros. El autor tiene una relación oscura y conflictiva con sus personajes, que están alejados del plano ideal a través del cual la literatura de su tiempo tiende a establecer una clara división entre las figuras positivas y las negativas, los buenos y los malos. Pero aquí no hay buenos y malos, no hay un héroe con el que identificarse, no hay justicia poética ni final feliz. Hay una permanente distancia crítica respecto a los elementos narrativos, que son el instrumento de una ironía y un desapego que desde las figuras individuales se extiende a la sociedad en la que viven y se proyecta al conjunto de la humanidad. El resultado es el carácter equívoco tanto de los personajes considerados aisladamente como del conjunto de la obra, así como la incertidumbre y la transgresión a las que esta queda ligada.

Tragicomedia (5) - Peligro

Fernando de Rojas era hijo de conversos y se casó con la hija de un converso que fue procesado por la Inquisición y que requirió sus servicios como abogado, los cuales no fueron aceptados por el tribunal, no está claro si por el parentesco que lo unía al acusado, por su condición de converso, o por ambas cosas. Tampoco está claro si un Hernando de Rojas condenado a la hoguera era su padre, a quien, sin embargo, el nieto de Fernando le atribuye el nombre de García González en ciertos documentos. Pero en lo tocante a los conversos las cosas no suelen estar claras. Es un ámbito en que la necesidad de disimular y de ocultar obliga a manejar la realidad de una manera, digamos, creativa. Por ejemplo, para acceder a determinados cargos y beneficios tenían que probar su “limpieza de sangre”, y como no la tenían se la fabricaban (muchas familias de la alta aristocracia, con ilustres descendientes actuales, trataron a partir del siglo XVI de podar las ramas hebreas de su árbol genealógico, que en algunos casos eran más bien el tronco). Eran personas que se veían en la acuciante obligación de aparentar, de ofrecer una imagen lo más intachable posible dentro del mundo de las apariencias.

Tragicomedia (4) - Huellas

Una de las cuestiones más debatidas sobre la Tragicomedia es la que tiene que ver con el carácter converso de Fernando de Rojas, que pertenecía a una familia de judeoconversos toledanos. Nació en la Puebla de Montalbán, aunque pasó la mayor parte de su vida en Talavera de la Reina, donde se casó, tuvo siete hijos y gozó de una situación acomodada, si bien esta obra literaria, al parecer la única que escribió en toda su vida, la compuso en su juventud, probablemente en sus años de estudiante en Salamanca. No se sabe con certeza en qué momento se produjo la conversión dentro de su familia, el paso traumático de una religión a otra, y mucho menos en qué medida vivía Rojas esa condición de converso, cristiano nuevo descendiente de judíos y por lo tanto objeto de una sistemática hostilidad social. Sea como fuere, en lo que se refiere a la Tragicomedia, la cuestión se plantea a través de dos planos principales: uno, por medio del cual esa condición de converso se proyectaría en la concepción, el desarrollo y el sentido de la obra, y otro, en el que esa misma condición se haría extensiva a los protagonistas.

Tragicomedia (3) - Fernando el moderno

Dice Juan de Valdés en su Diálogo de la lengua: “ningún libro hay escrito en castellano donde la lengua esté más natural”, refiriéndose a la obra de Fernando de Rojas, a la que sin embargo le reprocha dos cosas: “el amontonar de vocablos algunas veces tan fuera de propósito como Magnificat a maitines; la otra es en que pone algunos vocablos tan latinos que no se entienden en el castellano, y en partes adonde podría poner propios castellanos, que los hay”. Tiene razón en sus reproches, aunque sucede que aquello mismo que le reprocha –el exceso verbal, acompañado a menudo de la vaguedad del significado, y los latinismos– forma parte de aquella misma impresión de naturalidad que a pesar de todo le produce el lenguaje de la Tragicomedia.

Tragicomedia (2) - La vitalidad de Celestina

Celestina, una mujer esencialmente enérgica, implicada en un sistemático movimiento de autodefensa que, como suele ocurrir con los sistemáticos movimientos de autodefensa, cuando son desarrollados con auténtica energía, es decir, suprimiendo por completo la intervención de la pusilanimidad, pone en peligro la integridad de los demás y derriba cualquier obstáculo que se le ponga por delante, es el personaje que tiene fama de tener más “carácter” de todos y de, a su vez, conferirle “carácter” a la obra. Ella –y con ella y subordinados a ella las “mochachas” y los criados de Calisto– sería quien aportaría la veta más realista a la Tragicomedia, infundiéndole la porción de vida más reconocible y palpable.

Tragicomedia (1) - 'Monstruo agenérico'

Al final del octavo acto, Calisto se va a misa, y antes de marcharse se dirige a su criado Sempronio de esta manera: “Ni comeré hasta entonces, aunque primero sean los caballos de Febo apacentados en aquellos verdes prados que suelen, cuando han dado fin a su jornada”. Sempronio le contesta: “Deja, señor, esos rodeos, deja esas poesías, que no es habla conveniente la que a todos no es común, la que todos no participan, la que pocos entienden. Di ‘aunque se ponga el sol’ y sabrán todos lo que dices”. Esta crítica al lenguaje, digamos, pseudopoético puede ser interpretada de varias maneras, y de hecho ha sido objeto de interpretaciones muy eruditas, pero además de como una alusión más o menos ambigua a algún objeto crítico también puede ser entendida, o bien, aplicada, como una autocrítica dentro del contexto irónico que recorre toda la obra. Prescindiendo de aquello que Rojas tuviera en mente a la hora de escribir ese fragmento, esos “rodeos” y esas “poesías” a los que alude están más que presentes a lo largo de su propia obra, que está llena de parlamentos muy alejados del habla común, los cuales parecen responder a una constante afición o una persistente inclinación que culmina en el penúltimo acto, cuando aprovecha el monólogo final de Melibea para insertar un discurso repleto de referencias grecolatinas, que para el lector actual no puede dejar de resultar completamente improcedente, pero que es un recurso muy del gusto del autor y de su época, y desde luego nada realista, menos aún dentro del contexto en que se produce, cuando Melibea está a punto de poner fin a sus días tirándose desde la torre para ir a reunirse en el más allá con su amado Calisto. Es entonces cuando se entretiene hablando de Bursia, rey de Bitinia, de Tolomeo, Orestes y otras figuras de la antigüedad.