Hay en la Tragicomedia un personaje secundario que despierta el interés por los aspectos equívocos y contradictorios que contiene, y que lo hacen oscilar entre la ambigüedad y la incongruencia, condenando al lector a la incertidumbre. Una chica de quince años, llamada Areúsa, que parece dedicarse a ciertas actividades relacionadas con la prostitución.
Celestina se presenta en su casa, y aunque en principio se deduce que la chica tiene esa forma de ganarse la vida, luego la situación se hace un poco confusa. Celestina introduce a Pármeno en la casa, pero resulta que Areúsa tiene novio y no lo quiere traicionar. Al menos eso es lo que dice. “Sabes que se partió ayer aquel mi amigo con su capitán a la guerra. ¿Había de hacerle ruindad?”. Por otra parte la muchacha no se encuentra bien, tiene dolor de madre, o de matriz, y Celestina, con su gran ojo clínico, inmediatamente atribuye esta dolencia a la abstinencia sexual, que es lo que está en el origen, según le ha demostrado la experiencia, de todo dolor de madre. Ahora bien, la abstinencia de Areúsa no parece ser muy prolongada, ya que su amigo ha estado con ella hasta el día anterior.
En este desconcertante diálogo hay una expresión de Areúsa que marca el máximo nivel de ambigüedad: “no está ya por probar todo eso”. Está claro a lo que se refiere, es decir, a lo contrario de la abstinencia, pero no si lo prueba solo con su amigo o también con otros hombres, y tampoco si no estará aludiendo al hecho de haber tenido ya algún parto, o aborto, como respuesta a una frase anterior de Celestina: “mientras no parieres nunca te faltará este mal de ahora”.
En esta escena del séptimo acto Celestina insiste en la necesidad de estar sexualmente en forma, que es lo que conviene a sus fines, pero al hacerlo está dejando en suspenso la cuestión de si Areúsa es una chica que se dedica profesionalmente a ello, porque si lo fuera no tendría necesidad de ser tan aleccionada, ni de que Celestina le pusiera como ejemplo digno de ser imitado a su prima (la de la propia Areúsa), Elicia, que esta sí está claro que practica el oficio de forma, tal como se dice ahora, proactiva.
Cuando Pármeno entra en escena, Areúsa se comporta como una muchacha desvalida, que a pesar de su corta edad es incitada, casi se puede decir que forzada, por Celestina a que satisfaga la lujuria del joven criado de Calisto. Aquí parece evidente que Areúsa no es como su prima, porque si lo fuera todos los remilgos que muestra no tendrían sentido, del mismo modo que Celestina no se andaría con tantos argumentos y persuasiones para convencerla. La muchacha, finalmente, se deja convencer, o bien, se rinde, literalmente acosada por las exhortaciones de Celestina y la ávida y compulsiva presencia de Pármeno, aunque no se sabe muy bien cuál es la razón que la vence, si las posibles ventajas materiales de su relación con Pármeno, las dotes de persuasión de Celestina o el puro mal genio de esta, que se impone como una inexorable fuerza de la naturaleza.
A esto y a un posterior y encendido alegato sobre la triste vida de aquellas a las que ahora se llama empleadas de hogar se reducía la actuación de Areúsa en la Comedia, pero en la Tragicomedia su papel adquiere más importancia, y el personaje se convierte en uno de los más potentes factores de desconcierto de toda la obra. En la Areúsa de la Comedia hay algo casi angelical, es un personaje que oscila entre la conmovedora ingenuidad de su tierna edad, su físico esplendoroso y la posible turbia relación con el mundo representado por Celestina. Pero en los añadidos de la Tragicomedia Areúsa se transforma en otra. El personaje aparece como una prostituta de lo más descarado. Está relacionada con un rufián llamado Centurio, con el que muestra una desenvoltura escalofriante para una chica de quince años, aun cuando sean quince años del año 1500. Sosia y Tristán, los criados de Calisto, aluden a ella como “medio ramera” y “marcada ramera”, y ella misma explica su comportamiento anterior, durante la visita de Celestina, hablando con Elicia de esta manera: “Pues prima, aprende, que otra arte es esta que la de Celestina, aunque ella me tenía por boba porque me quería yo serlo”. Es decir, que su inocencia anterior, sus protestas y su resistencia eran fingidas. Con esas palabras Rojas intenta explicar la actuación de Areúsa en el acto séptimo, y con el mismo fin hace también algunas correcciones en ese mismo acto, y así pone en boca de Celestina: “¿qué son estas estrañezas y esquividad?, ¿estas novedades y retraimiento? ... por hacerte a ti honesta me haces a mí necia y vergonzosa ... y me amenguas en mi oficio por alzar a ti en el tuyo”. De modo que el lector debería entender que Areúsa estaba tratando de engañar a Celestina haciéndose la tonta.
Si Rojas creía que así iba a darle más coherencia a este personaje, estaba muy equivocado. De este modo el comportamiento de Areúsa es todavía más inexplicable, por no decir incoherente. Pues ¿qué iba a poder fingir Areúsa ante Celestina? Celestina es una ilustre y vieja alcahueta que sabe más que nadie de ese mundillo; tiene su propia casa de citas, en la que trabaja Elicia, y atesora una larga tradición en ese terreno. El fingimiento de Areúsa es poco creíble, ya que, por una parte, Celestina por fuerza tenía que conocer su condición, de manera que es imposible que la tuviera “por boba”, mientras que por otra es absurdo que la propia Areúsa creyera que podía engañar a Celestina.
El elemento narrativo representado por Areúsa es un claro ejemplo de cómo en la mentalidad de Rojas puede entrar cualquier cosa menos la preocupación por la cohesión de los materiales que utiliza, lo que estaría en el origen de esa tremenda saturación de ambigüedad que hay en su obra. Lo que le interesa no son la lógica y la coherencia, sino algo más impalpable; no el nivel narrativo, sino el expresivo; si en algún momento le interesa el primero, es en función del segundo. Las posibilidades expresivas –y los potenciales significados que se desprenden de ellas– siempre por encima de la coherencia del relato.