El aspecto salvaje de la obra se muestra nítidamente en el acto trece. Los criados han asesinado a Celestina y han sido ajusticiados por la vía rápida. Por su parte, Calisto emprende el segundo abordaje del huerto de Melibea. El diálogo entre los enamorados es delicado y al mismo tiempo, como es propio de la situación, digamos que de muy altos vuelos, tiernamente almibarado. Melibea se siente obligada a protestar por el grave peligro que corre su tesoro, “aquello que tomado no será en tu mano volver”, pero Calisto, con un discurso realmente hermoso, se muestra resuelto, no va a parar en su empeño ahora que tan cerca está de la consecución de su objetivo, el cual, por otra parte, tanto trabajo le está costando.
“Señora, pues por conseguir esta merced toda mi vida he gastado, ¿qué sería, cuando me la diesen, desecharla? Ni tú, señora, me lo mandaras ni yo podría acabarlo conmigo”.
Lo cierto es que la resistencia de Melibea no es excesiva; la joven, previendo lo que va a suceder, le dice a su criada Lucrecia que se vaya, y entonces Calisto protesta: “¿Por qué, mi señora? Bien me huelgo que estén semejantes testigos de mi gloria”.
Este momento significa la irrupción de lo inesperado. De pronto surge algo que, como se suele decir, rompe todos los esquemas. El plano artificioso de la literatura salta por los aires; el plano sublime e ideal del amor sufre una agresión bestial. Si antes han sido ajusticiados los criados, de una manera sumaria, que da pie a que asome el aspecto brutal y tremendo del carácter de Calisto –y de la escritura de Rojas– (“¡Oh cruel juez, y qué mal pago me has dado del pan que de mi padre comiste! Yo pensaba que pudiera con tu favor matar mil hombres sin temor de castigo, ¡inicuo falsario, perseguidor de verdad, hombre de bajo suelo!”), ahora los ajusticiados son, por un lado, el amor, y por otro la literatura, o bien los dos juntos, en el mismo lado y de un solo plumazo. La sublimidad del gran sentimiento idealizado por los poetas sufre un súbito retroceso, merced al cual, de manera similar a lo que determinan las leyes de la naturaleza cuando un cuerpo sólido se convierte en un gas sin pasar por el estado líquido (sublimación), y del estado gaseoso pasa directamente al sólido (sublimación inversa), el amor, que se había volatilizado en los más emotivos y etéreos versos de la literatura universal, desciende a plomo del cielo y se convierte en un grosero triunfo de Calisto digno de ser contemplado como un ilustrativo espectáculo por la criada de Melibea. Esto equipara a Melibea con Areúsa, que en una escena es convencida por Celestina para que retoce en la cama con Pármeno, a pesar del dolor de “madre” que padece, y la alcahueta insiste en presenciar en vivo cómo lo hacen. Y si esto es así, si por medio de esas simples palabras de Calisto lo que Rojas está haciendo es equiparar a Melibea con Areúsa, está diciendo que en el fondo, y no tan en el fondo, la noble y casta hija de Pleberio y Alisa, muchacha a quien el contexto en que ha tenido la fatalidad de nacer convierte en una seria candidata a desempeñar el papel de perfecta casada digna de los más acendrados elogios de sus familiares y confesores, es lo mismo que ella, Areúsa, que gasta su esplendoroso cuerpo en compañía de personajes arrabaleros.
En esta escena de Calisto y Melibea le viene a uno a la cabeza la famosa frase de Pavese: “La literatura es una defensa contra las ofensas de la vida”. Y piensa que al introducir este elemento Rojas se está defendiendo de las ofensas de la vida, permitiéndose una revancha que no es ejecutada de un modo superficial, ni a tontas y a locas, ni con un lenguaje burdo, y mucho menos llevado por los impulsos de la ingenuidad, sino muy bien hecha y muy bien dicha, ya que este acto salvaje no se lleva a cabo con gestos y ademanes propios de salvajes, sino con ironía, elegancia e inteligencia.
Así pues, parece que Calisto y Melibea representan el plano ideal del amor, con todos sus tópicos y sus exageraciones, a la vez que se constituyen en el medio a través del cual se lleva a cabo la degradación de ese mismo plano, que por un parte es ridiculizado como un asunto propio de gente de poca cabeza, y por otra queda reducido a su aspecto más prosaicamente terrenal. Una locura ridícula y un acto animal dispuesto para degustación de voyeurs, o en este caso de voyeuses.
La literatura, por su parte, en medio de los más delicuescentes diálogos tomados de los grandes clásicos de la época, muestra de pronto una faceta inquietante y perturbadora, que la convierte en una silenciosa y mortífera arma de fuego, la cual es disparada contra los planos ideales que han sido colocados en el blanco, esa clase de planos ideales de los que la mala literatura contagia a la vida y la mala vida contagia a la literatura.
El aterrizaje del sentimiento amoroso en la pista del más explícito deseo hace de Calisto un personaje más ambiguo de lo que era hasta entonces, como no podía ser de otra manera en una obra donde la ambigüedad reina en todos lados. El amor de Calisto se hace ahora más turbio, en sus sentimientos lo humano se mezcla con lo divino, y en este sentido se puede decir que su amor se hace más real. Se puede entender, entonces, que el amor no es desmentido, sino cuestionado, puesto en comunicación con los elementos contradictorios que pueblan la obra y el interior de los seres humanos. Más que un falso enamorado, Calisto es un enamorado atípico, que puede ser interpretado de las más diversas maneras. Está integrado en la imagen más convencional del amor y al mismo tiempo es un elemento que conspira contra el amor desde una perspectiva de ruptura, que sería la de quien hace trabajar a Calisto en la obra, la de quien pone las palabras en su boca, la de aquel para quien los hermosos discursos de sus personajes no serían sino un pretexto para atentar contra la belleza oficial y las creencias absurdas de las que esos mismos discursos quieren ser representantes.