Hay una frase del historiador Antonio Domínguez Ortiz sobre los conversos: “La íntima creencia de muchos de aquellos hombres era algo que no estaba claro ni para ellos mismos; vacilaban entre la antigua y la nueva fe, tal vez intentaban un sincretismo entre ambas, y no pocos habían caído en un escepticismo total” (El Antiguo Régimen: los Reyes Católicos y los Austrias), que inmediatamente hace pensar en la obra de Rojas, especialmente cuando dice: y no pocos habían caído en un escepticismo total, ya que esta frase refleja muy bien la impresión que produce la Tragicomedia, una obra que parece haber sido escrita por alguien que había caído en un escepticismo total, o bien, según la famosa expresión de Américo Castro, en un “vivir amargo”. Esto se percibe claramente en la obra. Es algo que emana de ella, que le rezuma por los poros. El autor tiene una relación oscura y conflictiva con sus personajes, que están alejados del plano ideal a través del cual la literatura de su tiempo tiende a establecer una clara división entre las figuras positivas y las negativas, los buenos y los malos. Pero aquí no hay buenos y malos, no hay un héroe con el que identificarse, no hay justicia poética ni final feliz. Hay una permanente distancia crítica respecto a los elementos narrativos, que son el instrumento de una ironía y un desapego que desde las figuras individuales se extiende a la sociedad en la que viven y se proyecta al conjunto de la humanidad. El resultado es el carácter equívoco tanto de los personajes considerados aisladamente como del conjunto de la obra, así como la incertidumbre y la transgresión a las que esta queda ligada.
De pronto surge una obra como esta, que es nueva respecto a las que la habían precedido y sigue siendo nueva respecto a las que la han seguido y la han imitado. Que muestra un acatamiento de las convenciones de su tiempo puramente formal, desmentido por continuas y desconcertantes insinuaciones, por escenas salvajemente irreverentes y episodios violentamente problemáticos. Que incorpora una escritura que parece haber surgido como consecuencia del propósito de saltarse a la torera los grandes tópicos de la literatura, del amor, de la religión y de las barreras sociales. Y que disemina a lo largo del texto, impregnando con ella todos sus elementos, una desconcertante ambigüedad, la cual se encuentra ya en la propia trama, incongruente desde una perspectiva lógica, pues los rodeos de Calisto para llegar hasta Melibea son totalmente innecesarios: en vez de complicarse la vida con arriesgadas aventuras nocturnas, los amantes podrían realizar su amor y satisfacer su deseo fácilmente casándose, solución que en ningún momento se plantean, a pesar de que ningún obstáculo parece impedírsela. Pero al autor el matrimonio no le sirve, necesita que sus personajes principales no se distingan por el pragmatismo, unos amantes que se comporten de la manera más torpe posible, unos hechos encaminados a la producción de un final desastroso y a la consecución de toda una antijusticia poética, cuyo colofón es el acto culminante de Melibea atentando contra sí misma desde lo alto de la torre delante de su propio padre.
Los personajes han sido moldeados con una materia turbia y viscosa, son cualquier cosa menos claros, no tienen una actitud definida, no se le puede otorgar crédito a lo que dicen, sus palabras y su comportamiento producen tremendos contrastes. “¡Oh mi señora y mi bien todo!”, se desmelena Calisto en el primer encuentro con su amada, que tantos trabajos le ha costado conseguir. “¿Por qué llamas yerro a aquello que por los santos de Dios me fue concedido? Rezando hoy ante el altar de la Magdalena me vino con tu mensaje alegre aquella solícita mujer”. Melibea para él es una diosa, una divinidad más sagrada que las divinidades oficiales, pero al mismo tiempo es situada en el plano donde reinan la sordidez y la alcahuetería representadas por “aquella solícita mujer”, para posteriormente, de forma paralela, sin desmentir lo anterior, sino confundiéndose con ello, venir a caer en el terreno de la más explícita materialidad cuando Calisto, a punto ya de conseguir su objetivo, al despedir Melibea a la criada que la ha acompañado a la cita, le dice a su amada: “¿Por qué, mi señora? Bien me huelgo que estén semejantes testigos de mi gloria”.
La ambigüedad recorre no solo el texto, sino también los paratextos, en uno de los cuales (la poesía final ‘Concluye el autor...’) hay una alusión a los “falsos judíos” que ha causado desconcierto y en algunos casos un gran estupor. En esta poesía se dice: “Los falsos judíos su haz escupieron”, le escupieron a aquel que estaba clavado en la cruz, lo que a Lida de Malkiel le parecía inconcebible que hubiese sido escrito por un converso como Rojas. No obstante, esta alusión a los “falsos judíos”, más que en un afán de justificación, en un propósito calculado de fingimiento, o en la relajación de los lazos con el pueblo de los antepasados, y mucho más que en una identificación del cristiano nuevo con el cristiano viejo (como sugería Bataillon), podría encontrar su explicación sencillamente en aquello mismo que expresa, entendido en su sentido más literal. Los “falsos judíos” no son todos los judíos, ni los judíos en general, sino sencillamente los judíos que no eran verdaderos judíos. Mientras que en otros paratextos, el prólogo y las poesías iniciales, hay ciertas alusiones y aparentes justificaciones que dan pie a sospechar motivos encubiertos y elementos potencialmente conflictivos. Si Rojas no firma la obra y se conforma con revelar su identidad por medio de un acróstico, y si con estos paratextos intenta cubrirse las espaldas, es porque no tiene seguridad de que el contenido de la obra no le pueda causar algún problema.