Fernando de Rojas era hijo de conversos y se casó con la hija de un converso que fue procesado por la Inquisición y que requirió sus servicios como abogado, los cuales no fueron aceptados por el tribunal, no está claro si por el parentesco que lo unía al acusado, por su condición de converso, o por ambas cosas. Tampoco está claro si un Hernando de Rojas condenado a la hoguera era su padre, a quien, sin embargo, el nieto de Fernando le atribuye el nombre de García González en ciertos documentos. Pero en lo tocante a los conversos las cosas no suelen estar claras. Es un ámbito en que la necesidad de disimular y de ocultar obliga a manejar la realidad de una manera, digamos, creativa. Por ejemplo, para acceder a determinados cargos y beneficios tenían que probar su “limpieza de sangre”, y como no la tenían se la fabricaban (muchas familias de la alta aristocracia, con ilustres descendientes actuales, trataron a partir del siglo XVI de podar las ramas hebreas de su árbol genealógico, que en algunos casos eran más bien el tronco). Eran personas que se veían en la acuciante obligación de aparentar, de ofrecer una imagen lo más intachable posible dentro del mundo de las apariencias.
Ser converso equivalía a ser objeto de una sistemática sospecha y verse sometido a un permanente escrutinio. En el último tercio del siglo XVI un hombre llamado Hernán Suárez Franco entabló un pleito contra el poder real dentro de un largo y complicado proceso de probanza de hidalguía. Este hombre, regidor de Toledo de origen converso, aspiraba a ser tratado como hidalgo, para lo cual tenía que probar que era “cristiano viejo”. Sin embargo, dentro de la investigación judicial relativa a dicho pleito se daba noticia de la suerte que habían corrido algunos de sus antepasados, según constaba en la documentación del Santo Oficio de Toledo, y ocurría lo siguiente: Gonzalo Franco había sido reconciliado (condenado por la Inquisición, aunque no a la hoguera); Núñez Franco había sido quemado; Diego Franco y Alonso Franco, penitenciados en auto de fe “por cosas tocantes al niño santo de la Guardia”; Pedro Franco, quemado; Constanza, hija de Pedro, quemada; Alonso de Villarreal, quemado; Gonzalo Franco, quemado; Álvaro Franco, quemado; Juan de Villarreal, quemado; García Franco, “no hallo certidumbre si fue reconciliado o quemado”; Alonso González Franco, quemado; Arias Franco, reconciliado; Diego de Villarreal, “no hay certidumbre si fue reconciliado o quemado”. Se trataba de conversos vecinos de Ciudad Real (cf. Martínez de Bergantes, R. A., y Morales, M., ‘Noticia sobre el bachiller Fernando de Rojas. La Iuris allegatio de Hernán Suárez Franco’).
Aquella alusión al “niño santo de la Guardia” es testimonio de una larga tradición de fábulas y leyendas sobre los judíos, y corresponde al contexto espacio-temporal en que se desarrolló la existencia de Fernando de Rojas, lo mismo que las ejecuciones de los conversos ciudadrealeños (La Mancha era una de las zonas donde había más conversos, junto con Andalucía) y que los hechos derivados de la denominada revuelta de Pero Sarmiento, a mediados del siglo XV, en la que fue saqueado el barrio de la Magdalena de Toledo, habitado por judíos y conversos, y que dio lugar a una denominada ‘Sentencia-Estatuto’ que es el precedente directo de los estatutos de limpieza de sangre. Con ocasión de estos hechos un bachiller toledano llamado Marcos García de Mora, conocido como Marquillos de Mazarambroz, publicó un ‘Memorial’ en el que “afloran la animosidad y el odio de clase de los cristianos viejos toledanos hacia sus convecinos conversos, con declaraciones tan violentas y concluyentes como la de que el reciente despojo y asesinato de estos ‘no solamente no es crimen, mas si así no fuera hecho, fuera crimen’ [es decir, el crimen habría sido no haber robado y asesinado a los conversos]; o la de que el único error de aquella matanza ‘fue el de tolerar y no acabar a los que dellos fincaron [quedaron] vivos, sin ser asaetados y enforcados [ahorcados]’…” (cf. Eloy Benito Ruano, Los orígenes del problema converso).
Esto ocurría en 1449. La Inquisición fue resucitada en 1478, con el objetivo de acabar con los conversos que seguían practicando su antigua religión, y en 1492 se producía la expulsión de los judíos. Fue en esa primera época, durante el reinado de los Reyes Católicos, cuando la Inquisición se mostró más activa. Las delaciones (el delator, el malsín, podía denunciar impunemente a quien quisiera sin que el acusado conociera su identidad), las detenciones, las torturas, los autos de fe y las ejecuciones se convirtieron en un siniestro componente del paisaje de una sociedad aquejada de psicosis paranoica colectiva, contemplado con miedo por algunos, recelo o disgusto por otros, delectación y crecientes malos instintos por la parte más sádica o susceptible de ser manipulada de la población. En este sentido, el de excitar esos malos instintos, destacaban algunos predicadores. Por poner otro ejemplo, los métodos empleados por uno de ellos, el franciscano Alonso de Espina, son calificados en un estudio de “terrorismo cultural”. Este hombre contaba sin ningún escrúpulo, como si él mismo los hubiera presenciado, hechos que no eran ciertos, y que por supuesto eran creídos a pie juntillas por su devoto auditorio; así cuenta que “estando en 1454 en Valladolid para predicar veintidós sermones, ocurrió … que dos judíos habían capturado a un niño y le habían matado en el campo. Le habían sacado el corazón para comerlo. Pero sepultaron su cuerpo demasiado superficialmente, de modo que unos perros lo descubrieron” (cf. Monsalvo Antón, J. M., ‘Algunas consideraciones sobre el ideario antijudío contenido en el Liber III del Fortalitium Fidei de Alonso de Espina’).
Se hace difícil pensar que este estado de cosas no influyera en la obra de Fernando de Rojas –tal como tuvo que influir en su vida– y no se viera reflejado de algún modo en ella; no, evidentemente, de un modo claro y explícito, lo que en esas circunstancias es impensable, sino proyectado a través de ciertos elementos literarios de una manera más o menos imprevisible y recorriendo la obra a un nivel más o menos soterrado. Nada impide pensar que Rojas no fuera un cristiano sincero, tal como lo eran muchos conversos (de ellos surgen las principales figuras de la mística española, Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, Luis de León; igual que algunos de los más furibundos perseguidores de la herética pravedad (al propio Alonso de Espina, uno de los que más trabajaron por el establecimiento de la Inquisición, Domínguez Ortiz le atribuye un origen converso, igual que al jerónimo Alonso de Oropesa, lo que en ambos casos se ha demostrado no corresponder a la realidad)), pero eso, desde luego, no lo demostraría lo poco que en este sentido se sabe de su biografía, el hecho de que, en una época posterior a los años en que escribió la Tragicomedia, fuera miembro de una cofradía, o el de que en su testamento pidiera ser amortajado con el hábito, precisamente, de los franciscanos, pues a causa de lo apuntado sobre ese clima de hostilidad este tipo de iniciativas tenían un carácter puramente formal. El entorno obligaba a los conversos a ser cautelosos, lo que entre otras cosas quiere decir lo siguiente: si Rojas tenía unas ideas que en algún aspecto se oponían a la ideología político-religiosa imperante, pudo expresarlas en su obra con mucha más libertad que en su vida, no en el sentido de que las pudiera expresar claramente, con verdadera libertad, sino en el de que en su obra podía expresarlas de algún modo, mientras que en la vida no habría podido expresarlas de ninguna manera.