Tragicomedia (3) - Fernando el moderno

Dice Juan de Valdés en su Diálogo de la lengua: “ningún libro hay escrito en castellano donde la lengua esté más natural”, refiriéndose a la obra de Fernando de Rojas, a la que sin embargo le reprocha dos cosas: “el amontonar de vocablos algunas veces tan fuera de propósito como Magnificat a maitines; la otra es en que pone algunos vocablos tan latinos que no se entienden en el castellano, y en partes adonde podría poner propios castellanos, que los hay”. Tiene razón en sus reproches, aunque sucede que aquello mismo que le reprocha –el exceso verbal, acompañado a menudo de la vaguedad del significado, y los latinismos– forma parte de aquella misma impresión de naturalidad que a pesar de todo le produce el lenguaje de la Tragicomedia.

El primer acto es un ejercicio de la asignatura de retórica y al mismo tiempo una hermosa lección de escritura. No es una retórica afectada, sino consistente, en el sentido de estar unida a un lenguaje que se aparta de los torpes intentos propios de la pretensión de hacer “literatura”. Si el resultado de esta pretensión suele ser un repertorio de frases tan hinchadas como vanas, aquí el que escribe hace uso del don que ha recibido para convertir la virtual vaciedad del tipo de lenguaje que emplea en una sucesión de frases afortunadas. Frases felices que al mismo tiempo suelen ser bastante enrevesadas, y que sin la intervención del intangible sentido de la gracia no darían lugar sino a un discurso artificioso e indigerible. La artificiosidad académica y la acumulación de tópicos, lugares comunes y citas de los clásicos son contrarrestadas por la falta de prejuicios en la concepción de la escritura, que imprime una rítmica alegría en el discurso. En ese amontonamiento de vocablos hay algo libre, poderoso y espontáneo. Desde el principio se hace presente la gracia infinita que rezuma esta obra y que la vincula a una escritura feliz, que infunde alegría y optimismo.

Y luego llega Rojas, que evidentemente se apoya y se inspira en el trabajo del primer autor, lo toma como modelo en cuanto al lenguaje, prolonga con su escritura el tono que se oye y la atmósfera que se respira en el primer acto, asimila el espíritu de este insólito fragmento literario y lo materializa en una obra singular. La cual no podría haber existido sin ese misterioso primer acto, del que no se conoce ni a su autor ni cómo llegó a manos de Rojas, pero cuya originalidad y cuya genialidad le corresponden a este. Rojas rebaja el nivel culto del lenguaje y eleva el registro popular, que contiene expresiones que aún le pueden resultar familiares y entrañables al lector actual. La escritura, al mismo tiempo, es de muy alta calidad; tiene fondo, tiene sustancia, tiene ritmo, tiene una reconfortante limpidez, porque está hecha con un lenguaje fresco y claro, sobre todo cuando se olvida un poco del impulso retórico, que es algo que conforme avanza la obra queda claramente sobrepasado, aunque no sin reaparecer de manera regular. En general, es un ejemplo de desatamiento (y recordemos que en el desatamiento hay un aspecto de despreocupación), un desmelenamiento de escritura. Hay en ella energía y viveza; unos monólogos conectados a una potencia muy traviesa; unas frases que son un prodigio de sencillez, como sin ir más lejos: “Toda la calle del Arcediano vengo a más andar tras vosotros por alcanzaros y jamás he podido con mis luengas haldas”; hay densidad, densidad de contenido, mucha insinuación, muchas medias palabras, mucha saturación expresiva, un gusto por la alusión que, más que gusto, quizá sea una necesidad (¡todo lo contrario del narrador locuaz, puntualizador y metomentodo que culmina en los tochos de Clarín y Galdós!). Y hay poesía, esta es otra palabra que hay que remarcar, porque continuamente viene a la mente y al sentimiento. Una descomunal capacidad expresiva, en resumidas cuentas, que da lugar a un impetuoso y conflictivo caudal de lenguaje, lo que probablemente constituye uno de sus grandes hándicaps a la hora de que su “universalidad” sea tan reconocida como la de otras obras que quizá no lo merecen tanto como ella. Y es que si es una obra difícil de entender en su lengua original, verterla a otras tiene que hacerse muy complicado. Parece casi imposible que una traducción pueda conservar de una forma aceptable todas estas virtudes. El sentido figurado basado en el habla cotidiana, las alusiones sustentadas en refranes, frases hechas y dichos pertenecientes a la lengua coloquial; la rebuscada complicación del plano artificioso; la imprecisión de muchas frases (se supone que en este aspecto al autor le basta con saber que va a ser entendido, es decir, que en su forma de relacionarse con la escritura el ser entendido prevalece sobre el deseo y el esfuerzo de expresarse con verdadera precisión, de conseguir una escritura realmente precisa, del mismo modo que en ciertos momentos, en cambio, lo que parece buscar es justamente lo contrario, la imprecisión premeditada, el no ser entendido con claridad), aparte de las diferencias entre el castellano de entonces y el actual, deben de dificultar su traslación a otros idiomas hasta extremos desesperantes.

Una obra escrita hacia 1499 sigue estando llena de poder sugestivo, de enigmas y de lecciones narrativas, sigue siendo irónica y elegante, sigue aportando alegría y frescura a la literatura española, que con el tiempo fue haciéndose cada vez más pesada, cursi, amanerada, moralista y fatigosa, agobiada por el peso de la religión y penetrada por el influjo del tonillo cervantino. La obra de Rojas representa la desenvoltura frente al amaneramiento, la libertad frente a la represión, la falta de complejos frente a las tenebrosas paranoias de los herederos del prejuicio de la limpieza de sangre, el honor y la honra, y de los impresentables memoriales del caballero de la Orden de Santiago Francisco Gómez de Quevedo Villegas y Santibáñez Cevallos. Por eso mismo, por lo bien que se conserva, es una obra moderna, y su autor uno de los más modernos de la literatura española, si no el que más.