‘Era en verano’

 En un cuaderno de Kafka se encuentra este texto, escrito hacia mediados de marzo de 1917. Pertenece al clasificado como Cuaderno en octavo C. Fue publicado por primera vez por Max Brod bajo el título ‘El golpe en la puerta de la granja’ (‘Der Schlag ans Hoftor’).

 

“Era en verano, un día caluroso. De camino a casa con mi hermana pasé por delante de la puerta de una granja. No sé si golpeó en la puerta por malicia, o por distracción, o solo amenazó con el puño y no llegó a golpear. A cien pasos de allí, junto a la carretera que giraba hacia la izquierda, empezaba un pueblo. Nosotros no lo conocíamos, pero enseguida salió gente de la primera casa y nos llamaron levantando las manos, amistosamente, pero al mismo tiempo con prevención, incluso asustados, encogidos de terror. Señalaban hacia la granja por la que habíamos pasado y nos recordaban el golpe en la puerta. Los propietarios de la granja nos denunciarían, la investigación comenzaría en breve. Yo estaba muy tranquilo, y tranquilizaba también a mi hermana. Probablemente no había dado el golpe, y si lo había dado, en ningún lugar del mundo iba a originar por ello un proceso. Intenté también hacérselo comprender a la gente que había a nuestro alrededor, me escucharon, pero se abstuvieron de emitir una opinión. Luego dijeron que no solo mi hermana, también yo, como hermano suyo, sería acusado. Moví la cabeza sonriendo. Todos miramos hacia la granja, como quien observa una lejana humareda y espera las llamas. Y efectivamente, no tardamos en ver a unos jinetes que entraban por la amplia puerta de la granja, levantarse polvo, ocultarse todo, solo brillar las puntas de las altas lanzas. Y nada más desaparecer la tropa dentro de la granja, pareció que daban media vuelta con sus caballos, y ya estaban en el camino viniendo hacia nosotros. Apremié a mi hermana para que se fuera, yo solo lo aclararía todo, ella se negó a dejarme solo, le dije que al menos debería cambiarse de ropa, para comparecer ante los señores mejor vestida. Por fin obedeció y tomó el largo camino a casa. Los jinetes estaban ya junto a nosotros, desde sus caballos preguntaron por mi hermana, por el momento no estaba aquí, les respondieron con miedo, pero vendría más tarde. La respuesta fue recibida casi con indiferencia, lo más importante de todo parecía que me hubieran encontrado. Destacaban dos señores, el juez, un hombre joven y vivaz, y su silencioso ayudante, a quien llamaban el As. Fui intimado a entrar en la vivienda de los granjeros. Lentamente, moviendo la cabeza y estirando los tirantes del pantalón, me puse en marcha bajo las penetrantes miradas de los señores. Casi estaba por pensar que una palabra mía bastaría para que yo, el ciudadano, fuera liberado por esa gente rústica, incluso con honores. Pero una vez que hube traspuesto el umbral de la vivienda, el juez, que se había adelantado y ya me estaba esperando, dijo: ‘Este hombre me da pena’. No cabía duda de que con ello no se refería a mi situación actual, sino a lo que iba a sucederme. La estancia era más parecida a la celda de una prisión que a la vivienda de un granjero. Grandes baldosas de piedra, pared desnuda gris oscuro, empotrado en alguna parte un aro de hierro, en el centro una cosa entre catre y mesa de operaciones”.

(traducción propia)

 

Es una de esas pequeñas joyas de las que están repletos los cuadernos de Kafka, que son un auténtico tesoro. Esta escritura rica y deslumbrante permanecía en silencio, hasta que fue publicada después de la muerte del escritor.

Igual que sucede en otros fragmentos, se percibe claramente la capacidad onírica de Kafka. Es como si su imaginación se moviera en una zona cercana al mundo de los sueños. Y así, al leer el texto uno se pregunta si no será la transcripción de un sueño. Probablemente no, pero es como la imagen de un sueño, más bien una pesadilla, o el comienzo de una pesadilla.

El texto se interrumpe en un momento que no augura nada bueno para el protagonista. De haber tenido continuidad, se habría desarrollado en la línea de ‘En la colonia penitenciaria’, según hace esperar la particular ambientación de la granja. Al protagonista le espera una refinada tortura. Y esta tortura se le infligirá... por nada. En Kafka, una culpa insignificante, e incluso inexistente, da lugar a un castigo terrorífico, absolutamente desproporcionado. Esto es algo propio de ciertos mecanismos fóbicos relacionados con el miedo y la angustia.

Kafka escribió ‘En la colonia penitenciaria’ en octubre de 1914, poco después de la ruptura del primer compromiso matrimonial con Felice, tras la que vivió un periodo de gran riqueza creativa, asociada a un intenso sufrimiento psíquico. Kafka se defendía de sus padecimientos con la escritura. La escritura es una forma de burlar la persecución de los malos pensamientos, un modo de acceder a otro plano mental, a un estado más libre. Una fortaleza en la que no deben entrar las amenazas externas.

Una escritura que se precie tiene que prohibirles el paso a los fantasmas del mundo exterior.

En esa narración un soldado recibe una tortura no ya sádica, sino kafkiana, sin saber que ha sido condenado y por lo tanto sin haber tenido la oportunidad de defenderse. Algo parecido en este sentido a lo que ocurre en El proceso, la novela que Kafka escribió en ese mismo periodo. En El proceso el lector no sabe de qué es acusado el protagonista; en ‘En la colonia penintencia’ sabemos que el soldado ha sido condenado “por desobediencia e injurias a un superior”. ¿Qué es lo que ha hecho en realidad? Dormirse en acto de servicio, y luego, al ser azotado por un superior, arrojarse a sus rodillas y exclamar: “Wirf die Peitsche weg, oder ich fresse dich”, “Tira el látigo o te comeré vivo”. El castigo es un largo suplicio, mediante un artilugio que escribe en el cuerpo del condenado: “Honra a tus superiores”.

El mecanismo del artilugio está concebido para que unas agujas vayan haciendo una incisión cada vez más profunda durante las doce horas que dura la tortura. En esto se puede ver una transposición de ciertos aspectos de la experiencia de Kafka.

En el año anterior al de la escritura de la narración, 1913, las cartas de Kafka a Felice están saturadas de angustia. En el diario hay algunos fragmentos especialmente sangrientos, como la anotación del 21 de julio de aquel año: “Ser arrastrado hacia dentro de la ventana de la planta baja de una casa por una soga atada al cuello y, sin consideración, ser izado, ensangrentado y desgarrado, a través de todos los cielos rasos, muebles, paredes y desvanes, hasta que arriba en el tejado aparezca el lazo vacío, que habría perdido mis últimos restos al atravesar, rompiéndolas, las tejas”.

Estas imaginaciones están ligadas a la gran agitación que dominaba a Kafka en esa época. La agitación depara cosas desagradables, perturba la vida, pero también espolea las imágenes, potencia la expresividad. Digamos que el flujo mental se vuelve más expresivo. Las imágenes se hacen más nítidas. Uno es capaz de expresarse de un modo más plástico y preciso.

Esa imagen de ser arrastrado y desgarrado hasta ser despojado del último resto de su cuerpo se la transcribe a Felice más tarde, el 2 de septiembre, en una carta. (¡Ay, las cosas que leía Felice todos los días!).

‘En la colonia penitenciaria’ tiene un carácter tan repulsivo que al parecer provocó algún desmayo que otro entre el público femenino que asistió a la lectura pública de la narración que Kafka dio en Múnich en 1916. El condenado vomita al serle introducido el tapón y el comandante lamenta que la máquina se le va a quedar “inmunda como una pocilga”. “¿Cómo puede alguien meterse en la boca sin sentir asco este fieltro que han chupado y mordido más de cien hombres agonizantes?”.

Es una obra también muy sangrienta, pero al mismo tiempo deliciosamente impregnada de humor. En el punto central de la tortura, el condenado descifra su sentencia por las heridas que la máquina produce en su cuerpo; adivina su sentencia a través de la perforación y el descuartizamiento de su carne, en una íntima y armónica fusión del dolor y de la escritura. Es posible que aquí Kafka consiguiera una de las imágenes más coherentes con su vida y su experiencia.