La relación entre Kafka y Felice Bauer era de lo más extraño. No se veían prácticamente nunca. La relación se desarrollaba a distancia, por correspondencia, de un modo que trasluce un sinfín de malentendidos. Esencialmente, no estaban hechos el uno para el otro. Felice era una persona normal, y Kafka no era una persona normal, esto ya de por sí crea dificultades, pero el problema de fondo no parece ser ese. De todas formas, a través de esa comunicación epistolar iba estableciéndose una rutina, una aparente familiaridad. Kafka, muchas veces, ejercía de enamorado apasionado, con grandes exclamaciones y arrebatos sentimentales. Pero era un extraño enamorado, que rehuía el contacto físico con su amada. Y no solo eso, sino que la perspectiva de encontrarse con ella lo aterrorizaba.
En una carta escrita en la noche del 17 al 18 de febrero de 1913 le dice: “En algunas ocasiones me parece que esta relación por carta, más allá de la cual hay una realidad que anhelo casi continuamente, es la única relación que corresponde a mi miseria (miseria que yo naturalmente no siempre siento como miseria), y que sobrepasar esta barrera que ha sido establecida para mí conduce a nuestra común desgracia”.
Entre Kafka y Felice, entre Kafka y las mujeres normales, hay una barrera (‘Grenze’) que Kafka no se atreve a traspasar, o por algún motivo no puede traspasar, y acerca de la cual le hace a Felice una eterna advertencia que se repite con múltiples variantes: Lo mejor para ti es que yo no esté contigo.
Uno de los misterios de esta historia es cómo una mujer como Felice fue capaz de hacerse la ilusión durante cinco años de que la relación con un hombre como Kafka era viable, o bien: que lo mejor para ella era que él estuviera con ella.
“A estas imaginaciones o deseos”, le dice en otra carta de la misma época, “me dedico cuando permanezco insomne en la cama: Ser un trozo de madera basta y dura que la cocinera apoya contra su cuerpo para, mientras sujeta el cuchillo con ambas manos, ir arrancando con todas sus fuerzas de un costado (esto es, de la zona correspondiente a mi cadera, más o menos) virutas con que encender el fuego”.
Es un ejemplo más del característico autodesprecio, o quizá, más bien autotormento de Kafka, adornado con todo tipo de sentimientos de culpa. Se puede pensar que esto proviene de algún fenómeno relacionado con el procesamiento de los estímulos del mundo exterior. Ese ser cortado en virutas por el cuchillo de la cocinera es alguien que está sufriendo un duro juicio de una mirada externa, que le hace sentirse lo más bajo que hay en el mundo. Esto ocurre porque él no pertenece, o siente que no pertenece, o está persuadido de que no pertenece, al mundo, al mismo mundo al que pertenecen las personas que lo rodean, al menos no de un modo pleno, tal como pertenecen al mundo esas personas. Aquel que se desprende por completo de la necesidad de pertenecer al mundo, y, por decirlo de algún modo, asume su anormalidad respecto a esa normalidad puramente convencional de las personas normales, personas por ejemplo que se casan y tienen hijos sin ningún problema, deja de ser cortado en virutas por esa mirada, deja de sentirse traspasado y aniquilado por asuntos relacionados con faltas, obligaciones, necesidades impuestas por un estado de cosas que no va con él.
Es como si Kafka sufriera los agravios comparativos y las acusaciones salvajes de las miradas imaginarias del mundo; como si tuviera conciencia de su situación, pero no la asumiera. Esto da lugar a grandes tormentos, consistentes en que cosas insignificantes se convierten en obstáculos gigantescos. En su relación con el mundo, Kafka es un ser desgarrado, partido en dos.
Desde el punto de vista de Felice, la separación, la distancia, es un inconveniente para la relación; para él es todo lo contrario, es lo que permite que la relación subsista. Ella ve las cosas de un modo convencional, y él las ve de otra manera; él puede situarse en el punto de vista de ella, pero ella no puede situarse en el punto de vista de él.
Hacia el 22 de febrero, por lo tanto cinco meses después de que se iniciara la relación epistolar, Felice estaba en Dresde, lo que suscitó la posibilidad de un encuentro en esa ciudad. Aquel día Kafka escribía: “Mi estado –que incluso aquí, en mi casa, me empuja antes a mi oscura habitación que a la sala de estar iluminada– hace que tal viaje se me antoje una empresa gigantesca”, y luego: “Gente mayor, madrecitas ancianas, decidirían emprender este breve viaje sin decir una palabra, y yo no puedo”.
Kafka hablaba con el corazón en la mano, en un estado de vulnerabilidad, de indefensión. Algo para otras personas muy sencillo, para él se agiganta, adquiere unas dimensiones desmesuradas; entra en relación con algo oscuro que hace daño por dentro. Su ‘Liebste’ está al alcance de la mano, a unos ciento cincuenta kilómetros, pero él se queda paralizado; el terreno que en circunstancias normales estaría libre, entre Felice y él está lleno de inconvenientes. Hay algo que, más que interponerse, lo sujeta, lo retiene, lo disuade de dar el paso necesario para encontrarse con ella.