Aurélia es respecto a Sylvie como la oscuridad respecto a la luz, pero no es una oscuridad tenebrosa, sino una búsqueda de la luz en ámbitos engañosamente luminosos.
Nerval está enfermo, y Aurélia es una escritura sobre la experiencia de su enfermedad. El punto de referencia de Nerval en su interpretación de la enfermedad lo constituye la frase que utiliza en un momento dado: “épanchement du songe dans la vie réelle”, “derrame del sueño en la vida real”, una idea que pertenece al contexto científico de la época, en el que médicos como Moreau de Tours la tenían presente en sus investigaciones.
El sueño, en general, es aquí el delirio. Visiones, pesadillas, el asombroso poder escenográfico del cerebro humano. Una conciencia descontrolada, que confunde el mundo de los sueños y el de la vigilia, el de la lucidez y el de la alucinación.
En Aurélia, efectivamente, se hace difícil distinguir entre el “sueño” y la “vida real”, porque ambas referencias están confusamente imbricadas en la mente del autor. Es otra vida, otra dimensión de la percepción de la realidad, otra relación con la existencia. Esto tiene un carácter terrorífico, a la vez que una apariencia deslumbrante, pero Nerval es tan delicado que omite, o tiende a omitir, los aspectos desagradables de su experiencia, no se queja ni lamenta su sufrimiento, no es en el lado terrible de su vida en lo que hace hincapié, sino en el aspecto descriptivo de los episodios, en la parte plástica de sus visiones, que suelen ser delirios suntuosos y de gran espectacularidad. El carácter terrible que está unido a ellos no se comunica de manera específica, sino que se desprende naturalmente de la narración.
Aun tratándose de una especie de terapia a través de la escritura, lo literario predomina claramente sobre lo testimonial. No es un pensamiento lógico el que se abre paso, sino un pensamiento mítico. El manuscrito original de la obra se ha perdido, pero hay testimonios que resultan significativos sobre el estado de Nerval en aquella última época de su vida. Según Louis Ulbach, director de la Revue de Paris, donde apareció la obra a principios de 1855, el manuscrito que envió Nerval consistía en fragmentos de texto desordenados en papeles de varios tamaños en los que había dibujos esotéricos y cabalísticos, uno de los cuales trataba de demostrar el misterio de la Inmaculada Concepción por medio de la geometría. Esa sucesión de fragmentos es la expresión de una caótica relación con el mundo. La mente de Nerval está saturada de elementos religiosos, teosóficos, sobrenaturales y “misteriosos”, con los que establece una relación positiva, es decir, les da crédito, se los toma totalmente en serio. Como es de esperar, esas creencias del mundo consciente se proyectan en el mundo del “sueño”, en el que adquieren un carácter delirante.
Estaríamos así ante dos aspectos de la experiencia que se estimularían recíprocamente, alejando al sujeto de la lucidez. La credibilidad y el respaldo que Nerval les da a estas creencias en su estado lúcido favorecerían su prolongación y su actividad en su estado delirante, en el que adquieren formas grandiosas y extravagantes, fascinantes y terroríficas al mismo tiempo.