Akutagawa era un hombre que sufría mucho. Los consabidos trastornos psicológicos. La consiguiente relación con el aspecto criminal de la naturaleza, que había hecho la gracia de contar con él entre sus elegidos. Sin embargo, en una de las cartas que escribió antes de suicidarse solo decía estar experimentando una ‘vaga inquietud’ acerca de su futuro.
En sus últimas narraciones expresa sin rodeos su terrorífica experiencia. El miedo a la locura. La percepción de las cosas bajo una extrema vulnerabilidad a los estímulos externos. Sin excluir cierto instinto supersticioso. Presagios, premoniciones... Mecanismos relacionados con el miedo. El carácter ominoso, siniestro, de la relación con la vida. La indefensión frente a los acometimientos de la melancolía. El acoso de las diosas de la Venganza...
Lo que nos
interesa aquí es lo siguiente. A sus treinta y cinco años, después de haber
escrito alguna que otra pequeña gran obra maestra, Akutagawa seguía
magnificando la literatura y establecía con sus autores preferidos una
comparación mimética. Eran seres afines, unidos por la misma clase de desgracia.
Es algo que rezuman sus últimos y terribles, pero también patéticos escritos.
Su desesperación es real, más que real, pero en ella hay un ingrediente
puramente literario. De ahí que, decidido ya a suicidarse, le pida a una amiga
de su mujer que se suicide con él: es lo que había hecho Kleist. En aquella
carta de despedida habla de Mainländer (que se había suicidado) y de Kleist. Y
también de Racine, de quien tenía entendido que quiso tirarse al Sena
arrastrando consigo a Molière y Boileau (no se sabe de dónde habría sacado esta
noticia). Se sentía afín a escritores tan dispares como Strindberg, Anatole
France, Mérimée, Maupassant, Rousseau, Goethe..., etc., en los que veía a
alguien como él, o bien, se veía a sí mismo. Ellos tenían también un “dragón” en su interior, y esto era lo que los había
llevado, los había condenado a la literatura. Pero me da por pensar que esos
escritores no tenían mucho que ver con él, aunque, como se puede comprobar,
algunos de ellos, Strindberg, Rousseau, Maupassant, también tenían un “dragón”
dentro.
No se sabe hasta
qué punto la idealización de la literatura puede ser perniciosa. Esto es algo
juvenil, adolescente, propio de alguien que necesita soñar con una vida mejor. El
adolescente crea una realidad virtual, magnificada, formada por seres que son
como él, lo rescatan, lo redimen, lo salvan de la mísera vida que lleva, y lo
justifican. Cuando lee, igual que cuando vive, se mimetiza. Desde esta
perspectiva, la equivocación se ve respaldada; la estupidez, ennoblecida; el
sufrimiento, elevado a rasgo de distinción.
Creo que hay
muchos rasgos en común entre Akutagawa y Kafka. Evidentemente, aunque vivieron
en la misma época, nunca supieron de sus respectivas existencias. Pero ambos
tenían una relación apasionada con la literatura, y en ambos casos esta
relación estaba determinada por una oscura diferencia respecto a las personas
normales. Ambos padecían insomnio y terribles dolores de cabeza, que pueden
hacer pensar en alguna disfunción neurológica (como sucede en el caso de
Nietzsche). Eran también muy parecidos en el aspecto físico, de una casi
esquelética delgadez (probablemente también motivada, en parte, por los
desarreglos psicológicos, es decir, por un componente psicosomático, tal como,
ya puestos, podrían haber tenido los grandes padecimientos de estómago de
Akutagawa, o los achaques de Kafka, que lo inclinaban al vegetarianismo, el
naturismo y las curas en los sanatorios). El autor de Engranajes es un
Kafka japonés. Incluso en esta postrera narración de Akutagawa aparece la imagen
del topo, que inspira la última narración de Kafka de la que se tiene noticia, Der
Bau. Kafka también tenía sus escritores afines, sobre todo Flaubert y
Grillparzer, en los que se realizaba el triste destino de solterón que tanto
temía (aunque no tanto como el del matrimonio) y al que se sentía condenado.
Esto es inevitable, claro, pero no hay que tomárselo demasiado en serio, y en
una anotación del Diario, 27 de agosto de 1916, encontramos el asunto
sintetizado y resuelto.
“Abandona el
insensato error de hacer comparaciones, por ejemplo con Flaubert, Kierkegaard,
Grillparzer. Eso es puro infantilismo".
El error infantil en que incurrió Akutagawa hasta el fin de sus días.