Sylvie da comienzo con el carácter deslumbrante del enamoramiento. Ella es actriz y él va al teatro a contemplarla y admirarla. Ella es la luz, y la luz puede ser una escapatoria peligrosa. La vida es contemplada desde una perspectiva soñadora y literaria, a la vez que de un modo evocadoramente crítico. La escritura está vinculada al recuerdo. Sylvie es una búsqueda del tiempo perdido sintetizada y poética, una obra proustiana antes de Proust.
El recuerdo se proyecta a través de distintos planos temporales: en el presente de la acción, con el que se inicia el relato y con el que se enlaza a lo largo de la narración; en la superposición de varios momentos del pasado durante el viaje; y en el presente de la escritura, que se expresa en la voz narrativa del último capítulo, pero que en otras partes del relato puede fundirse con el presente de la acción.
Sylvie, el personaje que da nombre a la obra, pertenece al mundo de la infancia y de la pureza originaria del narrador, y hacia allá se dirige este cuando en medio de la noche coge el coche que lo transportará al Valois. Es, Sylvie, un personaje claro; en la puerta de su casa hay una jaula de currucas, la especie cuyo nombre científico coincide con el de la heroína: Sylviidae. Sylvia curruca, un pajarito enjaulado.
Adrienne, otro personaje femenino, está unida al mundo de lo sobrenatural. En Chaalis aparece como una figura angelical, dentro de una exaltación de “la gloria del Cristo triunfante sobre los infiernos”, nada menos. Y luego está Aurélie, a la que vemos en la lejanía del teatro, iluminada por las candilejas, como un ser fantasmal y magnífico, para terminar apareciendo bajo una mirada agradeciblemente desmitificadora (el problema con el “amor” no es sentirlo, ni hablar de él abiertamente, ni confesarse en sus garras, ni entregarse al más cándido o aparentemente cándido entusiasmo hacia su objeto, sino tomárselo en serio). Los tres personajes, sin embargo, pueden ser considerados variaciones de una misma y primordial figura femenina, que al final, unida precisamente al “amor”, es objeto de una gratificante y delicada ironía.
En la narración de Nerval, la vida y la literatura se confunden, se desfiguran recíprocamente, haciéndose un mutuo favor, la una se desfigura en la otra, y así, por medio de la literatura, la vida se hace más soportable, y también más presentable, mientras que la vida le ayuda a la literatura a ser más creíble o, quizá, más consistente.