Destrucción de la continuidad narrativa; multiplicidad de voces, que ofrecen versiones dispares y contradictorias de un mismo acontecimiento. El lector no tiene acceso aquí a la “verdad”, que de forma tan servicial se apresura a ofrecerle el típico autor omnisciente. Hay un episodio protagonizado por un bandido, y una mujer y un hombre que forman un joven matrimonio, respecto al que se ofrecen los testimonios de estos tres protagonistas y de otros personajes.
El bandido: ha matado al hombre tras una lucha, después de
que la mujer hubiera planteado, o exigido, el combate, ya que tras haber sido
poseída por él no podía vivir perteneciendo a dos hombres.
La mujer: ha sido ella misma quien ha matado al hombre, a su
marido, después de que este la haya mirado con desprecio tras haber sido
violada por el bandido. Tenía la intención de inmolarse ella misma, pero no lo ha
conseguido.
El espíritu del hombre (a través de una médium): ha
contemplado la violación atado a un árbol y ha visto cómo su mujer, tras haber
sido violada, ha quedado como hechizada por el bandido, con quien estaba dispuesta
a irse. Y que, no conforme con eso, le ha pedido que lo mate, aunque finalmente
ha sido él quien se ha dado muerte a sí mismo.
Tres versiones distintas: una lucha a muerte; una doble inmolación;
un suicidio tras una humillación insoportable. Al pensar en estas percepciones tan
diferentes de un mismo hecho objetivo, se puede tener la impresión de que cada
uno de los protagonistas ofrece la versión de los hechos que resulta más favorable
para su autoestima, y de que esto muy bien se puede proyectar a la vida de los
seres humanos en general. El desenvolvimiento de la relación social es una acumulación
entremezclada de interpretaciones basadas en diferentes percepciones,
persuasiones, impulsos, cálculos, experiencias.
Hay declaraciones de otros personajes que no han sido
testigos presenciales del episodio.
Un leñador: las hierbas y las hojas de bambú estaban
pisoteadas, lo que coincidiría con el testimonio del bandido: huellas de una
lucha. Pero esas huellas también pueden ser las de la violación o el encuentro
sexual entre el bandido y la mujer.
Un monje: la mujer iba a caballo. Pero del caballo no queda
ni rastro.
Un policía: el bandido, el famoso Tajōmaru, ha huido con el
caballo.
Pero el bandido: “Cogí la espada del hombre, así como su
arco y sus flechas, y me fui derecho hacia el camino de la montaña. El caballo
de la mujer aún estaba allí, paciendo tranquilamente”.
Akutagawa parece haberse propuesto que el potencial
intérprete de los hechos no pueda llegar a una conclusión, a causa de la superposición
de la realidad humana a la realidad de los hechos, que convierte a lo ocurrido
en una cuestión irresoluble.
Hay, sin embargo, un pequeño detalle. Una incongruencia en
el relato de la mujer. Según ella, tras la violación se ha desmayado, y al
volver en sí ha visto que el bandido ha huido con las armas de su marido; entonces
ha encontrado su daga, que estaba en el suelo y ha tenido un corto parlamento
con su marido, que seguía atado al árbol. Mientras hablaba con él, su marido
movía los labios, pero no podía hablar, ya que tenía la boca llena de hojas de
bambú.
No se comprende: a) que teniendo ella una daga no desate a
su marido; b) que teniendo su marido la boca llena de hojas de bambú, no se las
quite para entender lo que le está diciendo. En vez de ello, ni corta ni
perezosa, creyendo comprender claramente lo que su marido le está queriendo
decir con la boca atiborrada de hojas, va y lo mata.
Si admitimos que esta inconsecuencia es un elemento
narrativo consciente, es decir, una incongruencia en el relato de la mujer introducida
deliberadamente por el autor, tal elemento afectaría de manera grave y significativa
a la credibilidad del relato del personaje. Si no acepta esta posibilidad, el
lector puede optar por pensar que se trata de un pequeño desajuste no percibido
por Akutagawa.
Por nuestra parte, la impresión es que si Akutagawa se identifica de algún modo con algún personaje, es con el marido: matado por el bandido, matado por su propia esposa, o matado a sí mismo, según qué versión. Esta impresión se percibe al final, la parte más intensa de toda la narración, cuando se ofrece el testimonio del hombre asesinado a través de la médium.
“Y una y otra vez volvía a gritar, fuera de sí: ‘¡Mátalo!’. Aun ahora esas palabras, como una oscura tormenta, amenazan con arrastrarme al fondo del abismo. ¿Ha sido el oído humano golpeado de esta manera alguna vez, tal como lo hacen conmigo esas malditas palabras? ¿Alguna vez...?”. Hay que suponer que aquí la referencia de Akutagawa es su propia experiencia. Voces, visiones (en ‘Engranajes’, el narrador afirma: “Sin embargo, yo había empezado a ver esos engranajes antes de cumplir los veinte años, mucho antes de que empezara a fumar”). Y luego, por un lado, la mano misteriosa que extrae la daga del cuerpo del hombre y amplía hasta el infinito la dimensión enigmática del relato, y por otro, el gran Silencio final.