Figuras del Infierno

‘Figuras del Infierno’ es una obra maestra de la narrativa moderna. Una lección de cómo se maneja la ambigüedad. El narrador omnisciente ha sido sustituido por un narrador personal que solo puede aportar una visión parcial de los hechos, pero no solo por sus propias limitaciones, sino también a causa de su subordinación a su Señor, que le impide hablar claramente y lo obliga a hacer uso de la insinuación y la ironía. Este Señor, de cuya honorabilidad no se puede dudar, se siente atraído por una hermosa muchacha, que es hija de Yoshihide, el artista encargado de pintar en un biombo las figuras del Infierno.

El narrador sugiere la pasión, el loco enamoramiento del Señor, al mismo tiempo que lo desmiente rotundamente. El artista está enloquecido por otra pasión. Yoshihide es una especie de médium, en contacto con las fuerzas oscuras. El arte está por encima de todo. Su anormalidad se refleja en sus pesadillas, esas imágenes que engendran las parálisis del sueño, en las que se hacen presentes los seres monstruosos. De ahí que no le sea difícil pintar las figuras del Infierno, ya que las ha visto con sus propios ojos. Sin embargo, en su obra también quiere incluir algo que todavía no ha podido ver, una carroza en llamas, despeñándose desde lo alto, con una hermosa mujer dentro. Para componer sus obras, Yoshihide necesita tener unos modelos concretos, unas claras referencias para sus figuras, y también necesita uno para esta escena de la carroza, que es el elemento central de su composición.

Hay también en este relato un mono, el cual recibe el mismo nombre que el artista, Yoshihide, y que se constituye en el depositario del afecto a la muchacha, la hija del artista, a la que su padre no puede querer tanto como al objeto de su verdadera pasión. El asedio del Señor a la hija de Yoshihide propicia la intervención del mono, y el enojo del Señor ante la resistencia de la muchacha le hace concebir la idea de su sacrificio, ligado a la escena de la carroza en llamas. Locura del arte y locura de amor, o pasión del deseo, que se cobran las vidas de sus víctimas propiciatorias.

Quizá el aspecto más inquietante de la narración se encuentra en el último párrafo del penúltimo capítulo: la majestuosidad, la grandeza y la dicha del momento en que se consuma el sacrificio. Porque ese extático gozo no es solo el de Yoshihide, sino que también lo experimentan los demás, incluido el propio narrador. Esa fascinación ante el cruel tormento presenciado, esa delectación, ese resplandeciente júbilo y esa intensa emoción ante la contemplación de la muerte espantosa de un semejante, la misma que han sufrido tantos otros en los autos de fe de la Inquisición, las dantescas ejecuciones de todas las inquisiciones de todas las épocas, ¿es un sentimiento común en esa clase de espectáculos públicos?