En el libro Origins of Modern Japanese Literature, de Kōjin Karatani, encontramos un buen resumen del famoso debate entre Akutagawa y Tanizaki acerca del papel de la trama o argumento (plot, en la traducción del libro de Karatani, por Brett de Bary) en la novela. Akutagawa en contra de la trama, y Tanizaki a favor de ella. Para el primero, el argumento es “irrelevante” en relación con el “valor artístico”, mientras que Tanizaki identifica el argumento con la estructura, y, claro, “no se puede decir que esto”, la belleza de la arquitectura de la obra, “no tenga valor artístico”.
El problema es qué entienden Akutagawa y Tanizaki por el asunto en cuestión. Porque quizá la ausencia de argumento en Akutagawa y su presencia en Tanizaki no son cosas muy diferentes. O lo que es lo mismo: cada cual tiene una idea distinta de ese concepto, y lo asocia a distintos puntos de referencia. Como dice Karatani, “desde el momento en que lo que Akutagawa entendía por argumento era diferente de lo que Tanizaki entendía por el mismo término, al negar el argumento Akutagawa no se estaba oponiendo necesariamente a Tanizaki”, del mismo modo que al afirmar el argumento Tanizaki tampoco se estaba oponiendo sustancialmente a aquel que en teoría lo negaba. Tanto en uno como en otro la arquitectura de la obra es primordial, solo que en Akutagawa, al menos en el Akutagawa que mantiene esta polémica con Tanizaki, es decir, el Akutagawa de la última época de su vida, otras prioridades (la vida por encima de la obra) lo inclinan a tener presentes otros planos narrativos más apropiados para sus necesidades expresivas. El carácter autobiográfico que adopta su obra se proyecta mejor en una escritura fragmentaria, en la que la fuerza del relato se basa en la potencia de la imagen y el argumento viene dado por la propia vida. Pero aun así, por debajo de la imagen y del contenido autobiográfico el relato reposa sobre una estructura sólida y armónica.
La cohesión estructural, tan elegante y compacta en ‘Figuras del Infierno’, correspondiente
a una etapa anterior, sigue constituyendo un elemento necesario para la
viabilidad de la obra, solo que ahora de un modo más despreocupado por la
unidad y más atento al contenido expresivo, cuyas diferentes manifestaciones
nunca pierden de vista el punto de referencia de unas imágenes centrales y
secundarias relacionadas entre sí.
En esta última etapa de la vida de Akutagawa hay una
narración memorable, ‘Engranajes’, en
la que se ven reflejadas sus preocupaciones, tanto personales como literarias,
pues en este momento lo uno ya no se puede desligar de lo otro. Hay en este
relato augurios, señales, continuas impresiones y reacciones provocadas por
signos funestos. El protagonista se encuentra en un estado
de extrema vulnerabilidad a los estímulos externos; su percepción de la
realidad obedece a mecanismos relacionados con el miedo, y esto no excluye un
aspecto supersticioso, surgido de un estrato más o menos instintivo. El protagonista es el autor, aquí ya no hay
ninguna ficción, ningún ocultamiento. Es Akutagawa quien padece el insomnio y
los tremendos dolores de cabeza (tal como a miles de kilómetros de distancia le
había ocurrido a su coetáneo Kafka, con quien tiene más de un punto en común). Es
Akutagawa quien habla. Las imágenes, el número cuatro, el aeroplano, el topo
(de nuevo Kafka), la luz roja, las gabardinas, las alas de Ícaro, los propios
engranajes que dan título al relato, se repiten a lo largo del texto, formando
una superestructura narrativa y una red poética. En un momento dado, en
la conversación con un anciano que trabaja en una editorial que publica biblias
y que vive en una buhardilla, donde se dedica principalmente a leer y a rezar,
el autor se ve intimado a, como solución a sus padecimientos, creer en Dios y
en Jesucristo. Entonces responde que para él no es fácil creer en Dios, pero
que puede creer sin ningún problema en el diablo. Eso es lo que hay dentro de
él. Una experiencia del mal. Estas palabras, que
responden a la invitación del anciano: “Puedo creer en el diablo”, son el modo
en que se traduce la percepción de un fenómeno que no es sobrenatural, sino que
pertenece a la naturaleza humana, pero es tan incomprensible y tan inaceptable
que solo puede ser asociado a las fuerzas del mal.
Vemos cómo el mal trabaja en su
interior, manifestándose a través de una ominosa percepción de la existencia,
de la mirada y de la presencia ajenas. Los seres humanos están muy lejos de ser
“el prójimo”, porque han dejado de ser semejantes a uno. Ahora no son sino
potenciales enemigos. Portadores de un grave peligro, del que evidentemente (y
afortunadamente) no son conscientes. Hay un sentimiento de desamparo difícil de
definir, la sensación de haber sido expulsado del paraíso, es decir, del mundo
de las personas normales. De donde se deriva un ansia desesperada por escapar,
el sueño de una vida digna de ese nombre. Lo que en Kafka se materializaba
en la imagen de Berlín, anhelo hecho realidad al final de su vida, de un modo
no desligado de la pesadilla, y en Akutagawa, de un modo más precario, exótico
y literario, en vagos y lejanos términos geográficos, como Madrid, Río o
Samarcanda.
En otra narración escrita al final de su vida, ‘Vida de un idiota’, encontramos estas palabras (traducción de Jay Rubin): “All that lay before him was madness or suicide”. Lo único que había ante él era la locura o el suicidio. Este último Akutagawa pronuncia la palabra ‘suicidio’ de un modo familiar, igual que los habitantes del paraíso dicen: Voy a arreglar mi casa. Ellos se dedican a arreglar su casa, y otros a padecer sus ruidos. Para Akutagawa (una vez más: igual que para Kafka), la literatura parece haber representado la salvación, y eso era demasiado para la literatura. En el punto en que la literatura ya no puede salvar, lo que aparece es el suicidio. Lo cual ya no es nada terrible, sino la consecuencia lógica de una situación que podemos ver expresada de distintas formas y reflejada en múltiples imágenes. Por ejemplo, al final del capítulo 2, cuando el narrador entra en una librería y abre un libro sobre la mitología griega, y lee: “Ni siquiera Zeus, el más grande de los dioses, puede hacer nada frente a las diosas de la Venganza...”, y al salir de la librería ya no puede dejar de percibir la presencia de esas implacables deidades sobre su espalda. O en el final del relato, que es como un grito de desesperación, un grito terrorífico. “No tengo fuerzas para seguir escribiendo. Seguir viviendo en estas condiciones es un dolor indecible. ¿No habrá nadie que tenga la amabilidad de estrangularme mientras duermo?”.
Cuando uno vive sufriendo el permanente acoso de las Furias, y no se puede desprender de ellas, y ellas continuamente le aseguran, le confirman con pruebas palpables, que no están dispuestas a retirarse, se hace difícil continuar, hay pocas posibilidades de seguir viviendo, y ninguna de querer seguir haciéndolo.