Es evidente que para traducir una obra literaria no basta con conocer dos idiomas. Esto puede ser suficiente a la hora de traducir un comunicado oficial, o el manual de una microcadena, si se domina el vocabulario técnico de turno, pero para traducir una obra literaria hace falta algo más, es necesario saber escribir. Esto quiere decir: estar en condiciones de trasladar el texto original con solvencia.
La mayoría de las traducciones suenan a eso, a traducción. Lo deseable es que posean cierta solidez, una consistencia que les dé legitimidad literaria en el idioma de recepción.
En un primer estadio de la relación con el texto, se
trataría de que este fuera inteligible y preciso; en un segundo estadio, de que
conservara las características que lo distinguen en su nivel formal y en su
nivel estructural; en un tercer estadio, el más intuitivo, de que poseyera
sentido del ritmo, de la elegancia, de la ironía, de la delicadeza, de la
estética.
El solo hecho de que el texto esté escrito en otro idioma
implica una gran exigencia. La sintaxis, los usos estilísticos, la relación con
el lenguaje, la musicalidad, son distintos. La traducción requiere un esfuerzo
de adaptación y de asimilación, de forma que el texto se integre en la lengua
que lo recibe sin perder esas cualidades y al mismo tiempo adquiriendo un
aspecto natural.
Esto es más fácil, o menos difícil, en algunos autores que en
otros. En Proust no es demasiado difícil, pero hay que tener en cuenta que
Proust no es alguien que se exprese de un modo “natural”, en el sentido en que
la naturalidad estaría ligada a la espontaneidad, la claridad y la sencillez.
Proust posee su propia naturalidad, es decir, su forma particular de escribir, y
esta naturalidad puede ser muy poco natural y sonar de un modo muy afectado en
este primer volumen de su Tiempo Perdido.
Es esta naturalidad la que hay que preservar, no una
naturalidad convencional; la naturalidad del autor, en este caso la naturalidad
literaria y afectada del Proust que escribe Por el lado de Swann.
Este Proust incurre en repeticiones (lo que en francés no
tiene ninguna importancia, pero en español, por algún motivo, es un pecado mortal),
no siempre está atento a la precisión y se expresa a base de frases
interminables, en las que no es fácil detectar las correspondencias, aparte de
las complicaciones adicionales que crea una puntuación a veces confusa. Durante mi trabajo –que me encargué a mí mismo sin asignarme retribución– tuve al alcance de la mano dos traducciones al español: la clásica y pionera Por el camino de Swann, de Pedro Salinas, que fue el primer traductor de Proust (cf. Herbert Craig, ‘Pedro Salinas as Proust's First Translator’), y, entre las más recientes, la de Carlos Manzano, que opta por el título Por la parte de Swann. Además, consulté la primera traducción inglesa, de Scott Moncrieff (1922). Para el título de la
novela opté por el ‘lado’, no por la ‘parte’, tal como quiere decir el ‘côté’
del título original. En la obra (no solo en este primer volumen, sino en todo
el Tiempo Perdido) se establece una clara diferencia entre el ‘côté’ de
Guermantes y el ‘côté’ de Méséglise, al que pertenece Swann. Se puede aceptar
que sean ‘partes’, la parte de Guermantes y la parte de Méséglise, pero no cabe
duda de que ‘lado’ es una traducción más adecuada, ya que no se trata simplemente
de partes distintas de un todo, son también lados opuestos y mundos en
conflicto.
La paciencia siempre al borde de la impaciencia y el tiempo
sin plazos permiten entender algunas cosas y apreciar algunos detalles que de
otro modo se pueden escapar. Solo unos cuantos ejemplos.
Swann, después de haber recibido una carta anónima, sigue
viendo y estrechando las manos de aquellos de quienes ha sospechado “avec
cette réserve de pur style qu’ils avaient peut-être cherché à le désespérer”;
esta frase, literalmente, quiere decir: con esa reserva de puro estilo que
ellos quizá habían tratado de desesperarle. La frase literal en español no
tiene sentido, y Manzano resuelve el problema de esta manera: “con la reserva,
puramente formal, de que tal vez hubieran intentado sumirlo en la
desesperación”; siguiendo la senda de Salinas: “con la reserva, de pura forma,
de que acaso habían querido hacerle daño”. En realidad, Proust no habla
de ‘forma’, sino de ‘estilo’, pero no se sabe por qué ha sido la ‘forma’ la que
ha conquistado el corazón de los traductores (también el de Moncrieff). El “pur style” de Proust no
alude a algo “puramente formal”, sino más bien a todo lo contrario; se trata,
por una parte, de una cualidad del personaje, y por otra de un rasgo de
distinción respecto a los demás: poseer un estilo propio y depurado. La “réserve
de pur style” es una expresión que se puede dejar intacta: “reserva de puro
estilo”, y es esto precisamente lo que algunos amigos de Swann han tratado de “le
désespérer”, es decir, hacerle perder.
Cuando el narrador, en el contexto de la tremenda escena
provocada por la privación del cotidiano beso nocturno de la madre (que sitúa
claramente al joven Proust en el terreno de la ansiedad), dice: “Je n’étais
pas non plus médiocrement fier vis-à-vis de Françoise...”, se produce de
nuevo una misma coincidencia en la interpretación, en escala ascendente:
Salinas: “Y no fue poco el orgullo que sentí delante de Francisca...”; Moncrieff: “I felt no small degree of pride, either, in Françoise presence...”; Manzano:
“También me sentía no poco orgulloso ante Françoise...”; los tres interpretan
que el narrador siente “no poco orgullo”, cuando lo que está diciendo es, de
nuevo, más bien lo contrario: que no se sintió orgulloso; el orgullo ante una
criada como Françoise habría sido un lamentable signo de mediocridad.
Hay también un pasaje que suena entre misterioso y
extravagante: “Lannion avec le bruit, dans son silence villageois, du coche
suivi de la mouche...”. Lannion es el nombre de un lugar, y el “coche
seguido por la mosca” la imagen que se le asocia. Claro que esto, “coche
seguido de la mosca”, como traduce Manzano sin complicarse la vida, no tiene
mucho sentido; “el ruido de la galera escoltada de moscas”, como imagina
Salinas, suena bastante estrambótico. Se trata de una alusión a una fábula de
La Fontaine, traída de un modo un tanto forzado, envuelta en una bruma poética,
en donde hay que dejarla, rescatándola ligeramente del absurdo de la
literalidad.
Por último, una mención al glorioso episodio de la magdalena,
el más famoso y el más proustiano de los episodios proustianos, que tiene lugar
cuando el narrador-protagonista se lleva a la boca la magdalena mojada en el té.
En el mismo momento en que el té mezclado con las migas del pastel toca su paladar,
el narrador se estremece y queda atento a algo extraordinario que está sucediendo
en su interior. Si aquí el texto se procesa cómodamente, según la mecánica de
la literalidad, la textura literaria de la escritura se desvanece, y lo que se
lee es solo un texto traducido de cualquier manera. Recordemos que el momento
es este: “... je portai à mes lèvres une cuillerée du thé où j'avais laissé
s'amollir un morceau de madeleine”. Salinas, tan propenso a lo poético, lo expresa
en esta ocasión de un modo un tanto tosco: “me llevé a los labios una cucharada
de té en el que había echado un trozo de magdalena...”; mientras que Manzano introduce
por su cuenta elementos ajenos a la frase de Proust: “no tardé en llevarme
maquinalmente a los labios una cucharada de té, en la que había dejado
ablandarse un trozo de magdalena”. No se trata de una cucharada de té en la que
se echa un trozo de magdalena; menos aún de un acto maquinal; se trata
simplemente de llevarse a la boca una cucharada con un trozo de magdalena
mojado en el té.