Hay un aspecto de la escritura de Proust que resulta muy poco atractivo, y que está muy presente en Por el lado de Swann. El mundo de lo nostálgico y lo evocador. La primera parte de la novela, ‘Combray’, es un monumento a la nostalgia, cuyo carácter se sintetiza en esta frase: “La posibilidad de aquellas horas jamás renacerá para mí”. La emotividad preside la relación con la obra. La escritura se recarga, aparece demasiado ornamentada, dominada por la afectación. El torrente sentimental desbarata en cierto modo la delicadeza, que habría estado mejor protegida por la sencillez. Nos encontramos peligrosamente cerca del siglo XIX.
La orgía evocadora alcanza uno de sus puntos culminantes en
la relación del narrador-protagonista con el mundo vegetal. La escena en la que
el niño se abraza a los espinos blancos para despedirse de ellos es
auténticamente impresionante. En este primer volumen de La Recherche Proust
utiliza materiales antiguos, procedentes de cuadernos y apuntes correspondientes
a proyectos anteriores, Jean Santeuil y Contre Sainte-Beuve (este
último poseía en su origen una vertiente narrativa), lo que explica en parte el
carácter florido, un poco anticuado y excesivamente literario de la escritura,
aunque también es cierto que Proust corrigió metódicamente el texto y revisó de
manera exhaustiva las pruebas antes de que la novela fuera publicada.
Afortunadamente, la escritura de Proust posee una amplitud que
va mucho más allá de esa emotiva superficie. Como esa amplitud está unida a una
gran capacidad expresiva, los puntos de atracción compensan los de repulsión. En
el superplano narrativo de la obra se integran muchos aspectos, y la escritura,
cuando se agiliza, nos arrastra hacia un mundo profundo y desconocido. Proust es
un poeta, un crítico literario, un narrador, un teórico del arte, un filósofo,
un ensayista, y también un místico, todos estos aspectos están reunidos y
muchas veces superpuestos en su obra. El lector de Por el lado de Swann
asiste a más de una experiencia susceptible de ser adscrita a los estados alterados
de conciencia: con las flores, con las iglesias, con los espinos blancos, con
los campanarios de Martinville. Por supuesto, el momento epifánico del trozo de
magdalena mojado en el té tiene también ese carácter. Es en buena parte a este
exceso de sensibilidad de Proust al que debemos sus excesos literarios, que
corresponden al esfuerzo de expresar unos sentimientos muy intensos.
Lo místico no está claramente separado de lo nervioso. Los aspectos problemáticos de la psicología de Proust, íntimamente unidos a su hipersensibilidad, se reflejan en otra escena impresionante, ampliamente desarrollada, en aparente contradicción con su insignificancia: el episodio de ansiedad del narrador-niño cuando tiene que subir a acostarse a su habitación sin que su madre le haya dado el beso de despedida. Un precoz talento literario, efectivamente, no está reñido con un enfermizo apego a la figura materna. Del mismo modo que no lo está, esto menos aún, la incipiente sensualidad adolescente, magníficamente sugerida con el símbolo del torreón de Roussainville, en cuya imagen y en cuyo nombre se aúnan la forma fálica, el color rojizo del pelo de Gilberte y la condición judía del padre de esta, Swann.
Roussainville-le-Pin está en el lado de Méséglise, en cuyo plano narrativo se despliega una compleja dimensión simbólica. Una primera serie de implicaciones se derivaría de la dualidad espinos blancos / espinos rosas, los primeros correspondientes a un mundo lleno de símbolos alusivos a un catolicismo más o menos esteticista, un mundo blanco y luminoso, reflejado en la iglesia de Combray, las vidrieras, los altares eucarísticos, las flores, la Virgen, y los segundos asociados al mundo de aquello que contamina o transgrede ese plano ideal, y que viene definido por distintos matices del color rojo: las rosas mosquetas, el espino rosa, que prefigura la aparición de Gilberte, el cabello rojizo y las pecas de la muchacha. Esta dualidad no hay que entenderla de un modo nítidamente diferenciado, del mismo modo que no es necesario hacer invariablemente la misma lectura de estos elementos, pues en Proust ningún elemento es estático, las relaciones entre ellos se establecen de un modo ambiguo y sutil, cuando no tortuoso y conflictivo. El nombre ‘Roussainville’ evoca precisamente lo rojizo, la ‘rousseur’, y el lugar, dentro del lado de Méséglise, está asociado al amor y al deseo sexual. Es en una habitación desde la que se divisa el torreón de Roussainville donde el narrador practica el placer solitario. El lado de Méséglise es también el lado de Swann, padre de Gilberte, cuyas posesiones están en Tansonville, junto al camino que conduce a Méséglise-la-Vineuse. Swann es judío, y su hija ha heredado esta condición junto con el color del pelo; si en ella se reúnen estos dos distintivos, también lo hacen en Roussainville, que en un momento dado será presentado como una “tierra prometida o maldita”. El carácter maldito de este lugar, donde el narrador no llega a poner los pies, aunque lo desea ardientemente y le sirve de inspiración en sus ensoñaciones eróticas, prefigura el mundo de Sodoma y Gomorra, en el que confluyen aspectos como la judeidad, el antisemitismo y la homosexualidad. En relación con esto, la circunstancia de que cuando aparece ante el narrador con los honores de una visión Gilberte vaya acompañada de su madre y el barón de Charlus no es casual. Charlus está vinculado al mundo de Sodoma y Gomorra. En este contexto hay que situar, asimismo, la escena protagonizada por la hija de Vinteuil y su amiga en Montjouvain, que el narrador observa oportunamente escondido. Montjouvain también pertenece al lado de Méséglise.