Por el lado de Swann (4)

Hay en la obra perspectivas que se confunden, voces narrativas que se mezclan. El narrador habla de sí mismo cuando era un niño o un adolescente, pero no es raro que se presente en situaciones incongruentes con su presunta edad. Entonces se superponen varios planos, los que corresponden a la perspectiva del narrador-niño o adolescente, inmerso en una situación perteneciente al pasado, y los que corresponden a la perspectiva del narrador-autor, que habla en un momento contemporáneo de la escritura. Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando habla del placer y de la emoción que le depara la lectura, o cuando alude a un “... grabado que reproducía una obra de Benozzo Gozzoli que me había dado el señor Swann. Hace muchos años de eso...”; a partir de ahí, ya no son las vivencias del narrador-protagonista lo que tenemos delante, sino, una vez más, la nostálgica evocación del autor adulto.

Esta superposición anacrónica se pone claramente de manifiesto en el episodio del tío del narrador, Adolphe, de cuya casa es asidua alguna que otra cocotte, y que es relatado por un narrador que se separa ostensiblemente del contexto temporal de Combray. La confusión temporal se percibe desde el principio, cuando se puede leer: “Pero hacía ya muchos años que yo no entraba en el gabinete de mi tío Adolphe...”. En ese momento el lector ya no puede identificar al narrador-protagonista con el niño o el adolescente de Combray, cuya figura se hace repetidamente incompatible con los comentarios de un narrador que se delata como un hombre con experiencia de la vida.

Por otra parte, se trata de un narrador personal que escribe en primera persona, y por lo tanto su perspectiva es limitada, pero se hace habitual verlo describir sus experiencias y relatar sus historias recurriendo a las licencias del narrador omnisciente. Esta superposición se muestra de forma flagrante en el episodio de la relación homosexual de la señorita Vinteuil, que es contado en primera persona, pero utilizando los recursos típicos del narrador convencional en tercera persona: “sintió”, “pensó”, etc.

El problema se agudiza en la parte relativa a Swann. Porque con Swann el narrador deja de hablar de sí mismo y le cede el protagonismo a otro. Deja de ser el narrador-protagonista y se convierte en un falso narrador en primera persona, que en realidad adopta una perspectiva omnisciente. Él, evidentemente, se da cuenta, y recurre a una justificación: “... había llegado a saber en relación con un amor que Swann había tenido antes de que yo naciera, con esa riqueza de detalles que a veces es más fácil de conseguir en los casos de personas muertas hace siglos que en los de nuestros mejores amigos…”, es decir, apela a la típica convención de haber recibido muy buena información sobre los hechos narrados, lo que desde el punto de vista de una estricta verosimilitud es siempre poco convincente.

El memorable episodio de los celos de Swann constituye un buen ejemplo. Hay en él detalles insignificantes, pero significativos, como cuando el narrador empieza a describir el momento en que Swann está a punto de descubrir la presunta infidelidad de Odette, y dice: “Parmi l’obscurité de toutes les fenêtres éteintes depuis longtemps dans la rue...”, lo que aparte de obligar a corregir “fenêtres éteintes”, ya que no son las ventanas, sino la luz, lo que se apaga, hace reparar en la indicación de que estaban a oscuras desde hacía ya mucho tiempo, que rompe la perspectiva limitada de Swann, a través de la que se narra el episodio. Evidentemente Swann no puede saber si las ventanas están oscuras desde hace mucho tiempo, solo puede saber que están oscuras. La indicación al respecto es un acto reflejo de narrador omnisciente.

El episodio está presentado de un modo en que el comentario, algo que en Proust es irreprimible, y que parece surgir en él de manera compulsiva, ahoga la línea puramente narrativa, si bien no consigue privarla por completo de agilidad, y mucho menos de interés. A veces incluso es más que procedente, tal como ocurre con este: “Tras excusarse, se alejó de allí y volvió a su casa, feliz de que la satisfacción de su curiosidad hubiera dejado su amor intacto, y de, tras llevar simulando tanto tiempo ante Odette una especie de indiferencia, no haberle dado con sus celos la prueba de que la amaba demasiado, la cual, entre dos amantes, dispensa para siempre al que la recibe de amar lo suficiente”. Esto es un tópico literario y al mismo tiempo una realidad proclamada por los expertos en el amor. Los celos son la mejor prueba del amor que se siente por la otra persona, tal como dejó establecido hace ya algún tiempo Andreas Capellanus: “Qui non zelat, amare non potest”. El hecho de que Odette despierte los celos de Swann significa para este (o más bien para el narrador) que la quiere más de la cuenta.

Cuando habla de los celos de Swann, el narrador lo hace con conocimiento de causa. Los celos son uno de los grandes motivos temáticos de La Recherche. En posteriores volúmenes será la voz en primera persona quien hable de sus propios celos y se extienda, una vez más inevitablemente, sobre el asunto, como sujeto directo de la experiencia, que no es la de alguien pusilánime, un presunto celoso, cuyos celos tienen en realidad una causa justificada, o unos motivos obvios, y en quien los celos podrían confundirse con un problema de falta de autoestima y de habilidad social, sino un celoso en toda regla, alguien frecuentado por el fantasma de los celos, ávido de la otra persona, a la que somete a un acoso obsesivo, es decir, un amante ansioso de totalidad, que pretende ejercer un dominio completo sobre ella, y que por lo tanto está dominado por los verdaderos celos, los celos monstruosos, no justificados. Aunque, en el terreno del amor, siempre cabe preguntarse si los celos dejan en algún momento de tener justificación, por mucho que, fuera de ese terreno, su realidad sea cualquier cosa menos incuestionable, y su propia existencia pueda ser vista como una simple ilusión de los sentidos, tras la que se oculta la realidad verdaderamente monstruosa, o el sustrato monstruoso de la verdadera realidad.

Los celos proustianos –pues evidentemente hay muchas clases de celos, tantas como interpretaciones del fenómeno en cuestión– son un reflejo fantasmagórico, automático, como una sombra sistemática. No hay un motivo racional, no hay un hecho objetivo. Surgen del mismo mecanismo que el amor, no se pueden disociar de este. Basta que la otra persona haya hecho disfrutar al sujeto en cuestión, para que este la vea causándole el mismo placer a otro, y aunque no tenga motivos que la alimenten, no podrá evitar la sospecha. De este modo el amor nunca puede dejar de estar unido a un íntimo tormento. Es lo que ayuda a explicar por qué Swann se casa con Odette (un matrimonio eminentemente desigual). Pero para el narrador no existe la posibilidad del matrimonio, y es luego, con él, en posteriores volúmenes, cuando el lector asiste a una disección más o menos científica, en cualquier caso asombrosamente metódica, de este curioso fenómeno, una descripción de la experiencia de los celos, de esa sistemática invasión del ámbito de lo racional por parte de lo irracional, que no tiene igual en la literatura.