La improcedencia del método narrativo empleado en ‘Un amor de Swann’ queda en evidencia cuando el narrador aborda la experiencia de la Sonata de Vinteuil. Lo hace a través de Swann, pero es una experiencia tan personal que en ningún momento se hace creíble trasplantada a otro personaje. La incompatibilidad entre las teóricas limitaciones de perspectiva del narrador y la intensidad y la riqueza de las sensaciones descritas produce un efecto chocante. Enseguida queda claro que no es Swann, sino el propio narrador el sujeto de esa experiencia.
Por otra parte, es una buena oportunidad para apreciar el consabido carácter admirable de la sensibilidad y la penetración proustianas, la impresionante riqueza expresiva del escritor. La escritura entonces estimula más, se desprende de su lado mundano y se hace más seria.
La figura de Vinteuil es muy sugerente. Corresponde a cierta
idea de la verdad profunda, ajena a las luces de los focos. Otra clase de gran
hombre, distinta de la que componen los grandes hombres tópicos, mediáticos y
circunstanciales. Una especie de Kafka de la música; alguien en quien los allegados
no encuentran un talento especial, en quien una novia puede percibir a un pobre
diablo, y que de ninguna manera encaja en la imagen que la gente tiene de los ‘grandes
hombres’. En cierto modo, como Kafka, también Proust era otra clase de gran
hombre, aunque, a diferencia de él, tenía aspiraciones de celebridad. Era
alguien a quien le costó mucho trabajo ser reconocido, y a quien probablemente
muchos de los “grandes hombres” de su tiempo menospreciaban, aparte, por
supuesto, de lo que él mismo
llama en estas páginas “gente del pueblo”, en sus niveles tanto inferiores como
superiores, porque no daba la imagen, y la imagen es muy importante.
De este modo, cuando Swann, tras escuchar en casa de los
Verdurin la sonata, la obra musical de cuya “frase” se ha enamorado, se entera de
que su autor es un tal Vinteuil, descarta la idea de que el Vinteuil autor de
la sonata sea el Vinteuil de Combray, cuya humilde y oscura figura no se
corresponde con la de aquel que ha concebido y compuesto la pieza que lo ha
deslumbrado.
La sonata de Vinteuil proporciona unas impresiones, permite
un descubrimiento, un contacto con algo original, algo distinto, algo nuevo. La
figura de Vinteuil no tiene nada que ver con eso; es algo exterior, algo que
corresponde al mundo de lo convencional, de lo prestablecido.
“Pero podría ser un pariente –repuso Swann–, sería bastante triste, pero
en fin, un hombre de genio puede ser primo de un pobre diablo...”.