La claridad, la apacibilidad, la lógica y el rigor gramatical que Pessoa encontraba en la lectura de los clásicos, no las habría encontrado leyendo a Proust. La escritura de Proust es eminentemente inquieta, a veces imprecisa. Es la escritura de alguien que siente, más que la de alguien que piensa; la expresión del contacto con la dimensión del sentimiento, más que el resultado de un riguroso desarrollo lógico. Progresa de un modo retorcido y tortuoso, dominado por el entrecortamiento, la dislocación, la fractura; avanza de acuerdo con un ritmo emotivo, más que cerebral. Pero al mismo tiempo, revela su cohesión y su coherencia. Los elementos resultan estar muy bien trabados, interrelacionados en los distintos planos de la novela: narrativo, simbólico, argumental. Un estudio exhaustivo de la obra de Proust podría ocupar varias largas vidas de un paciente estudioso. Esa cohesión es vital para una obra que discurre de un modo que la pone continuamente en peligro de convertirse en pura divagación. Si la cohesión es uno de sus rasgos más positivos, la abundancia, la extensión excesiva, es el más negativo. Sin embargo, la abundancia parece serle necesaria a la coherencia, y cuando esta se revela dentro de ella deja de estar asociada al exceso y pasa a estarlo a la idea de la amplitud.
Posiblemente la tortuosidad de la escritura está ligada a cierto retorcimiento de la sensibilidad. Hay en Proust aspectos turbios, a veces decididamente transgresores, mezclados con su parte luminosa y sentimental, exaltada y soñadora. Bajo el mundo de la emoción y la ingenuidad, Combray, los espinos blancos, la relación soñadora con la vida y con la literatura, la figura sagrada de Mamá, hay un fondo turbio, ligado al mundo del instinto sexual, simplemente aludido en escenas como la de la masturbación frente al torreón de Roussainville, o representado en episodios como el de la hija de Vinteuil y su amiga (en el que se mezclan claramente lo sagrado y la profanación de lo sagrado). Este mundo se prolonga y se difunde en la novela de Swann, como pequeño anticipo de la zambullida de Sodoma y Gomorra.
En cuanto a esa relación entre cohesión y longitud, amplitud y extensión, se comprueba en construcciones como la cena en casa de los Verdurin, con Odette, Swann, Forcheville y el resto de miembros del cogollito. No se trata de una simple narración, sino de una amplia construcción narrativa. Todos los elementos que la componen están en conexión entre sí y con otros elementos de la obra; su presencia obedece a una necesidad que a veces se puede apreciar a simple vista, y que en otras ocasiones subyace bajo el carácter aparentemente anecdótico de algunas escenas. El relato avanza lentamente, porque arrastra consigo un ancho y profundo contenido, que ocupa distintos niveles, desde la superficie hasta el fondo, desde la rutilante y alegre claridad de las escenificaciones sociales hasta las insinuaciones conectadas a los rincones más oscuros de la existencia.
En general, en su nivel más formal, como prosa, como estilo, la escritura no resulta especialmente atractiva; a pesar de la cantidad de material que produjo el autor, cuadernos, borradores, versiones distintas de muchos episodios, continuas correcciones, no da la impresión de ser una escritura cuidada. Y en realidad así es mejor, el crecimiento impulsivo e incontenible es lo natural en ella; cuando más visible se hace el tratamiento formal, puede ser muy afectada. La complicación de la frase, el retorcimiento de la sintaxis, es la forma natural de hablar de Proust, y su voz suena mucho mejor cuando se olvida de hacer literatura.
Sus descomunales necesidades expresivas tienen como consecuencia ese carácter desmesurado del vehículo que utiliza, los interminables párrafos, la complicación de la frase. El aspecto superficial de esta cualidad es la locuacidad, que a veces llama notablemente la atención. Un verbo fácil, un carácter hablador y antisintético. Evidentemente, la longitud no siempre está justificada.
Dentro de la profunda cohesión estructural, hay un universo en permanente movilidad, sujeto a una complejidad cambiante. Proust ha construido un mundo, y eso se percibe claramente ya en este primer volumen de La Recherche, un mundo mítico, un mundo personal con categoría de mito. En el nivel más amplio y profundo de la obra, la cohesión es escalofriante, la impresión de coherencia alcanza lo sublime, el carácter compacto de la obra no aparece conseguido a base de dureza y uniformidad, sino trabado por medio de esa integración de elementos muy diversos, o aparentemente muy diferentes, entre los cuales, sin embargo, se revela una más o menos ambigua correspondencia. Estos elementos, en continua transformación, ensamblados con transiciones naturales o asociaciones oportunas, están jugando permanentemente entre sí, modificándose en sus sucesivas alusiones o apariciones, siendo objeto de irónicos trastornos y cambios de perspectiva. Esto ocurre desde el principio hasta el final, en una mezcla de espacios y de tiempos.
El intercambio incesante y la movilidad temporal crean una intensa impresión de circularidad. La obra no es estática, idealmente está siempre en movimiento, sus múltiples elementos no dejan de superponer significados, cuestionar sentidos, llevar a la definición al campo de la indefinición. La ambigüedad y la ironía impiden que haya conclusiones definitivas. En un momento dado, después de páginas y páginas llenas de detalles intrascendentes, de episodios teñidos de sentimentalidad, de escritura recargada de literatura, aparece la claridad, una forma de expresarse más honda, el alejamiento de la literatura, que coincide con un acto de vida, de la vida más auténtica de aquel que escribe, y que le depara al lector un fragmento de una escritura hecha para ser paladeada y disfrutada. Este fragmento arrastra una inmensa carga de profundidad, es resultado de un desplazamiento tectónico, y sigue conteniendo esa inmensa cantidad de literatura, de la que ahora se separa, se despega nítidamente la sustancia auténtica, verdaderamente poética de la escritura de Proust.
El fenómeno consiste más o menos en: superación de la literatura a través de la literatura; aniquilación de los resortes típicamente literarios; íntima conexión entre literatura y vida a través de la escritura. Igual que los acordes de la sonata de Vinteuil ponen a Swann en un “mundo ultravioleta”, algo sitúa a Proust en otro mundo, otro espacio. Entonces su obra puede ser entendida como aquello que hacer ver la diferencia entre el mundo normal y el “mundo ultravioleta”.