Por el lado de Swann (7)

Efectivamente, en la historia de Swann y Odette la voz narrativa en primera persona resulta improcedente, y sobre todo innecesaria, chocante por lo evidentemente innecesaria que demuestra ser continuamente, como un estorbo que no tendría que estar ahí. Pero al mismo tiempo se pueden presentar argumentos favorables a su utilización. Se trata de una novela integrada en una gran narración, y aunque muy bien podría haber sido concebida de un modo independiente, desde una perspectiva distinta, no deja de contener elementos íntimamente relacionados con los que son tratados en el resto de la obra, de modo que se puede entender la necesidad de Proust de no renunciar a la voz personal, aun cuando en muchos episodios resulte incongruente.

Por una parte, Swann es un personaje autónomo, un personaje propio de una novela convencional, cuyo método lógico era la omnisciencia, lo que habría permitido un acceso al espacio interior y secreto del personaje de un modo más coherente, pero por otra parte es una extensión de la experiencia proyectada en la obra por la voz en primera persona. Se puede decir que Swann, en muchos aspectos, es un desdoblamiento de Proust, tal como se comprueba en la experiencia de la Sonata de Vinteuil y, sobre todo, en la relación de Swann con los celos (aparte de en aspectos más tangenciales, por el modo en que son tratados, como la condición judía de Swann, que desde este punto de vista se puede entender como un reflejo de la parte judía de Proust).

El planteamiento de la novela, y su sucesivo desenvolvimiento, obligan a dotar a Swann de una conmovedora ingenuidad. Su desconocimiento inicial del pasado de Odette bordea lo inverosímil. Es evidente que alguien como Swann debería estar bien informado de las actividades de una cocotte bastante conocida en su medio. Esta ingenuidad tan poco convincente, sin embargo, es necesaria para el posterior desarrollo de sus sospechas y sus celos, y a medida que avanzan estos se hace cada vez más poderosa la identificación de Proust con Swann. El narrador está hablando del amor de Swann, y de pronto se produce un cambio brusco, un repentino paso del “él” al “nosotros”, que viene a poner de manifiesto que la experiencia de Swann no es distinta de la del narrador, y por lo tanto de la del autor, ya que en la obra proustiana no hay una clara separación entre narrador y autor. Es evidente que el Swann que se echa a sollozar en cierto momento es el narrador, el mismo que rompía en sollozos porque su madre no subía a darle el beso de despedida; el atacado por los nervios; el saturado de esas partículas nerviosas que crean la emoción que lo supera. El narrador le hace decir a Swann: “Maravilloso, me estoy convirtiendo en un neurótico”. Pero no, Swann no tiene pinta de ser un neurótico, la neurosis es un añadido que le presta el narrador.

Así son los celos de Proust, los celos de un neurótico, de un “nervioso”, o bien, de alguien con problemas de ansiedad. El amor de Swann en particular, el amor proustiano en general, es un amor hecho de ansiedad, un amor ansioso; esto se puede comprender claramente cuando llega la frase: cette immense angoisse de ne pas savoir à tous moments ce qu’elle avait fait, de ne pas la posséder partout et toujours!”. En esta frase se sintetiza el vínculo entre los celos y la ansiedad. Cuando en otro momento el narrador alude a la “química del mal” de Swann, podemos entender que los celos son solo el mal aparente, lo que también se puede decir del “amor”, y que el verdadero mal radica en esa “química” que los engendra, y que es la que convierte el pensamiento relacionado con la imagen de Odette en un tormento.

Swann se lleva un golpe tras otro, una confirmación tras otra de sus celos y de las mentiras de Odette, una puñalada tras otra, en un final tragicómico, que tiene mucho más de comedia que de tragedia, o en el que la tragedia está muy suavizada por la ironía y contemplada desde una perspectiva humorística. Porque no cabe duda de que en los celos, o más bien, en el fondo humano que subyace tras los celos, hay algo dramático, a lo cual, sin embargo, no merece la pena tomárselo en serio, aunque solo sea por motivos de salud. Swann es alguien que se toma en serio sus celos, porque no lo puede evitar, y tomarse en serio los celos equivale a tomarse en serio algo grave, algo muy doloroso que le está pasando, que le afecta de un modo profundo y que perturba gravemente su vida. Pero también sabe distanciarse de ellos, o al menos es consciente de esa necesidad, y lucha por conseguirlo. De todas formas no es en Swann donde Proust analiza este curioso fenómeno más en profundidad. La perspectiva en esta novela incrustada en La Recherche es irónica y ligera. El tema está subordinado a las necesidades de la narración, en la que evidentemente la tragedia, dado el carácter de Odette, es improcedente. Swann puede sufrir, pero no morir por una mujer como Odette, que vive de las relaciones con los hombres. En ese aspecto hay algo patético en Swann, y al mismo tiempo algo oscuro. La figura de Odette puede ser entendida como una equivalencia del ambiente sexual en que se movía Proust, dominado por la promiscuidad. Hay escenas que expresan la urgencia sexual de Odette y el carácter obsesivo de los celos de Swann; una de las más significativas es aquella en que Odette se enfada con Swann y le dice: “¡No se puede hacer nada contigo!”, porque Swann, mientras estaba recibiendo sus besos apasionados, ha oído un ruido, y se ha levantado y se ha puesto a buscar por toda la casa a un posible amante escondido. Y precisa el narrador: “Swann seguía con la incertidumbre de si Odette no habría escondido a alguien para hacerle sufrir celos o excitar sus sentidos”.

Odette ocupa el plano del instinto sexual, mientras que en Swann la dimensión psicológica se superpone a ese plano; básicamente se trata de una mujer frívola y un hombre celoso; una mujer psicológicamente normal y un hombre muy problemático en ese aspecto; los celos están justificados, pero nacen de algo previo a la justificación; es evidente que aunque no estuvieran justificados no dejarían de estar presentes. Swann sospecha que Odette ha escondido a alguien para “hacerle sufrir” celos o para allumer les sens, excitar sus sentidos, incitándolo a contemplar la escena amorosa protagonizada por ambos. En este episodio se insinúa un carácter retorcido que vuelve a hacer pensar en el carácter de Swann como proyección expresiva del autor, y que remite a algunos aspectos y experiencias relacionados con la vida del narrador que van a ser tratados en volúmenes posteriores.

Al final de la novela la necesidad del método narrativo elegido se impone a su carácter aparentemente improcedente. El método no es creíble de ninguna manera, porque el narrador personal habla, largo y tendido, además, de cosas que no puede saber, como es el mundo interior de Swann, que de una manera tan rica y profunda describe. Pero es como si el narrador nos dijera que el método narrativo es una simple convención, lo mismo que su personaje, y que en realidad está hablando de algo que le pertenece a él, ya sea en su relación consigo mismo, su experiencia interior, o en su relación con el exterior, empezando por el propio Swann, que es él y no es él al mismo tiempo. En esta superposición se puede encontrar bastante coherencia. Impresión que queda reforzada cuando el narrador describe un sueño del propio Swann, en el que este “paseaba con la señora Verdurin, el doctor Cottard, un joven con un fez al que no podía identificar, el pintor, Odette, Napoleón III y mi abuelo...”. El mismo narrador se encarga de aclarar y explicar que ese joven tocado con un fez era el propio Swann, que de ese modo se interpelaba a sí mismo: tal como hacen algunos novelistas, había desdoblado su personalidad en dos personajes, el que tenía el sueño y aquel al que veía ante sí tocado con un fez”. El lector se dice entonces que eso es lo que está pasando allí, en ‘Un amor de Swann’, solo que el que se desdobla no es Swann, sino Proust, a través del propio Swann, que es Proust y al mismo tiempo es otro.