La escritura de Benjamin Constant es propia de su época y de su entorno, por lo tanto eminentemente afectada. El que escribe Adolphe es un hombre cerebral, apegado a la síntesis y con una idea muy clara de lo que quiere decir, pero dominado por el prejuicio del ingenio, que lo obliga a expresarse a base de frases sentenciosas, que suelen contener un juego de palabras basado en la repetición. Si el traductor quiere atenuar el efecto del exceso de la repetición, se ve obligado a un esfuerzo suplementario en su tarea de transportar esa prosa anclada en su tiempo a un estado legible en la época actual.
Adolphe es un curioso personaje, atrapado en la contradicción, paralizado por impulsos contrarios, en lucha siempre consigo mismo, sometido a una continua tensión, en permanente debate entre la necesidad de librarse de Éllenore, la mujer a la que ha empezado a amar como pasatiempo, y el horror a hacerle daño, ya que el pasatiempo ha adquirido una dimensión imprevista. Su error esencial reside en algo a lo que se alude en el último capítulo:
“La gran cuestión en esta vida es el dolor que se causa, y la metafísica más ingeniosa no justifica al hombre que ha desgarrado el corazón que lo amaba. Por otra parte, odio esa fatuidad de un espíritu que cree justificar lo que está contando; odio esa vanidad que se ocupa de sí misma relatando el daño que ha hecho, que pretende despertar compasión al describirse, y que, sobrevolando indestructible entre las ruinas, se analiza en lugar de arrepentirse”.
Esta apreciación, puesta en boca del editor de las confesiones de Adolphe, y que puede ser entendida como una contraposición crítica al contenido de la obra, y por lo tanto como una autocrítica del propio autor, contrasta con lo que el narrador-protagonista dice al principio:
“No quiero justificarme aquí, hace tiempo que he renunciado a esa costumbre fácil y frívola, propia de espíritus sin experiencia”.
En realidad, Adolphe está justificándose continuamente. La exposición de su historia es un lamento que no cesa. Dentro de esa tendencia a la justificación una y otra vez sale a relucir el mismo argumento: es el miedo a hacerle daño a Ellénore lo que le impide romper definitivamente con ella. No se trata de la típica justificación de quien quiere quitarse una responsabilidad de encima y se empeña en exculpar su propia conducta. Ese miedo a hacer daño es auténtico, aunque, como no podía ser de otra manera, también tiene un carácter contraproducente. Con el aplazamiento indefinido de la ruptura, el daño potencial se multiplica. Cuando al final de la obra, en las cartas insertadas como epílogo, el editor se encarga de poner de relieve el carácter quejumbroso de Adolphe, y esa al parecer incorregible tendencia a la autojustificación, hay que entender que el autor no ha dejado de ser consciente de estos defectos de su personaje, los cuales, de este modo, se integran en la lógica de la narración. La lúcida síntesis del editor aparece así como un desdoblamiento crítico proyectado sobre la obra, a la que cuestiona claramente.
Solo un pequeño pero puede ponérsele al editor: Adolphe no se analiza en lugar de arrepentirse; se pasa todo el tiempo haciendo las dos cosas, analizándose y arrepintiéndose, describiendo y lamentándose, acercándose y alejándose de las inmediaciones del arrepentimiento, probablemente confundiendo lo uno con lo otro, el análisis con el lamento y la justificación.
El análisis es el aspecto más positivo de la obra, la corriente racional que contrarresta el exceso sentimental. En esta relación entre ambos planos, la parte crítica permite compensar el peso de la autojustificación, evitando que el exceso sentimental desequilibre irremediablemente la balanza.